Palencia es una emoción:

09 febrero 2013

Gran Hermano 14, la basura

Leo y me cuentan que empieza Gran Hermano, gran paradigma de la España cañí de 2013. Puedo prometer y prometo que en mi vida, en la vida de Gran Hermano, habré visto unos… 10 minutos de este… de esto. Sin duda para algunos de mis lectores, para todos los seguidores de la exitosa emisión, ése es mi error, juzgar sin conocer toda la información.

Pero no voy a poner obvios ejemplos de cosas que sin conocer ni experimentar sabemos catalogar a priori como nocivas, ni siquiera voy a explicar que leyendo lo que se escribe (¡y se fotografía!) sobre sus protagonistas no necesito mayor detalle ni precisión. Conozco lo suficiente sobre el contenido, el desarrollo y los habituales protagonistas de este ¿programa?

Su presentadora fue una gran entrevistadora, famosa, muy apreciada y bien pagada, con un gran crédito profesional. Pero pasó de ser alguien seria, creíble y trascendente, con una trayectoria en ascenso, a ser alguien olvidada por las grandes cadenas, que hicieron caso omiso de su prestigiosa desenvoltura profesional. Pocos periodistas fueron tan apreciados como ella para caer desde tan alto y tan estrepitosamente, de pronto nadie la quería. Descubrir el motivo de su largo ostracismo será materia para quienes estudien la metamorfosis de la televisión en España.

Y en estas llegó Gran Hermano, la basura acudía al rescate de la grandeza periodística. Mercedes Milá tenía que comer y vendió su alma al diablo, vendió su prestigio, regaló la grandeza de su itinerario profesional a cambio de un plato de lentejas, prostituyó su profesionalidad para salir adelante… tal vez convencida de que no tenía otra salida. Y lo que había sido telebasura se convirtió de la mañana a la noche en “un experimento sociológico”, algo así como trasformar la hamburguesa en el néctar de los dioses. La ambrosía disponible para los mortales en el todo a cien de la esquina, vaya.

Gran Hermano representa en la sociedad actual lo que la bailaora sevillana y el fiero toro banderilleado sobre las cajas de las televisiones en los años sesenta: caspa; sus protagonistas son como los maletillas que en aquellos años saltaban a las plazas de toros de El Cordobés en busca de una oportunidad que no sabían encontrar de otra forma; su cultura es comparable a la de las señoras con rulos y boatiné de la España rural franquista, ejecutan (iba a poner desempeñan pero esta palabra es más acertada) el mismo rol social que los quinquis asaltagallinas de aquellos tiempos: la marginalidad, las limitaciones culturales y la incapacidad productiva y social.

Sus seguidores actuales son la versión del siglo XXI de aquellas marujas que embadurnaban sus días con los seriales de la radio, ciertamente de mucha mayor enjundia cultural y de ocio que este ¿programa?, y de aquellos personajes de “celtas” en la comisura de los labios, partida de julepe de cuatro horas diarias y escupitajo certero. Ésa es la España que tenemos hoy en día, esos son los frutos de miles de millones invertidas en Educación popular, esa es la España de boina hasta las orejas a pesar de haber pasado por la escuela, la españa de escopeta recortada siempre cerca de la mano a pesar de haber estudiado “Educación para la ciudadanía” y de haber celebrado miles de veces la Constitución, la fiesta de los gays de Chueca y Halloween, que no tiene nada que ver con lo anterior pero hay quien cree que eso nos hace más internacionales, mundanos y adelantados.

No pretendo volver a “Cesta y puntos”, no pretendo volver al NO-DO, no pretendo volver a los años sesenta o setenta, es Mercedes Milá, su equipo y la España que los sigue los que quieren devolvernos a aquella época.  

Es la España que tenemos quizá porque sea la que merecemos, pero no, no es mi España.

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