Palencia es una emoción:

08 agosto 2011

Lo de Lloret de Mar


Tengo la inmensa fortuna de vivir en un lugar alejado de las hordas de turistas. Aquí no hay playa y no viene ni el Tato a vernos, no saben ustedes lo que me alegro. Para venir a Palencia tiene uno que estar enamorado de las piedras antiguas, de la naturaleza a las bravas o estar un poco zumbao. De la que nos libramos, oiga usté.

Sólo en una ocasión cometí la insensatez de ir diez días a Lloret de Mar, valga en mi descarga que me acababan de despedir de mi primer trabajo y eso trastorna la voluntad de cualquiera. Y aunque aquellos tiempos no eran los actuales tuve la fortuna de decidir que nunca más cometería error semejante. Y he mantenido la palabra hasta hoy, para aglomeraciones me basta con la que se produce en el cine de mi barrio cada vez que reponen Sonrisas y Lágrimas. Lo de las zonas turísticas no lo aguantaría ni aunque me pagasen. Es más, nadie lo aguantaría si supiese que le estaban obligando. Así, creyendo que estamos en ese metro cuadrado de playa porque queremos, las vacaciones pueden parecerle a alguno hasta soportables.

Lloret, Benidorm o cualquier otro lugar de turismo masivo y barato me repelen. Con lo bien que se veranea en la fuente de mi pueblo ahora que ya no hay ganado que beba en ella. Pasa como con el gobierno o con la televisión, también en turismo tenemos lo que nos merecemos, desde luego tenemos lo que hemos buscado persistentemente desde que Fraga inventó las suecas en bikini.

Nos hemos convertido en el estercolero de Europa; a España se viene –se vienen- a follar mucho, deprisa y barato. Y a beber mucho, deprisa y barato. Y en lógica secuencia, a abortar mucho, deprisa y barato. Alguna vez alguien decidió que si le sacábamos los euros a toda la escoria de Europa, aunque fuese poco a cada uno, sacaríamos suficiente para que cada familia pudiese comprarse un seiscientos. Y lo que podría haber sido turismo de clase media, de estilo familiar, se convirtió en turismo de borrachera, balconing y penes eternamente erectos.

Así nos conocen en Europa, los padres de Gran Bretaña o Alemania saben que cuando sus hijos terminan el año escolar deben echarlos a España a que se hagan hombres (y mujeres, sí, sí) de provecho a base de güisqui barato y sexo accesible las 24 horas. España es el after hours europeo para que los hijos de los mineros galeses o alemanes vengan a echar un polvete, se desfoguen y reemprendan el siguiente curso con la formalidad y marcialidad que se requiere en los colleges.

Así pasa lo de ayer, que los pobres jovenzuelos europeos creen que esto es el paraíso terrenal donde todo está permitido y se pillan un cabreo de no te menees si tienen que ir la policía a decirles que dejen de hacer tanto ruido, que no son horas, oigausté, míster. “¿Pero a qué hemos venido a España? ¿Acaso no nos han prometido mamarnos casi gratis, sin las trabas ni dificultades de nuestros países? Entonces ¿por qué se cabrean y nos cierran el chiringuito?” ¡Con lo difícil que tiene que ser pronunciar “chiringuito” en esos idiomas bárbaros que usan por el extranjero!

A veces España me produce una imagen muy triste y sueño con hacerme andorrano. ¿Hay algo más discreto y desconocido para el europeo medio que un andorrano? Yo me apunto. Ya supongo que no todo el turismo iba a ser de señoritingos y starlettes jolivudianas de ésas de Saint Tropez, doy por supuesto que no todo iba a ser Mónaco o el casino de Estoril, pero me deprime pensar que la economía de España esté basada en la borrachera europea, que nuestra recuperación económica dependa, si bien parcialmente, de que venga o no venga la escoria del viejo continente a empinar el codo, a pasearse en calzoncillos y sujetador por nuestros parques y avenidas. Me da arcadas saber que somos el vomitorio de una civilización en decadencia.

1 comentario:

Javier de Miguel dijo...

puff... hoy me has dejado hecho polvo ....porque no veo posibilidad de marcha atrás ...

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