Palencia es una emoción:

21 septiembre 2017

No podemos obligarles a ser españoles

No estoy nada orgulloso de la exhibición de fuerza que hizo anoche el Estado. Sí, era necesaria, pero no me siento orgulloso de ello. Habremos parado el golpe institucional de los catalanistas pero el problema social y político está sin resolver. La sociedad catalana está dividida y enfrentada y una parte de ella, la que había perdido el afecto por España, siente en su interior un odio y resquemor de casi imposible solución. Generaciones, harán falta. Nadie puede ser español a la fuerza. Ni antiespañol a la fuerza, que es lo que se ha buscado durante años desde el gobierno catalán mediante un abuso antidemocrático del poder y de los medios de comunicación subvencionados con el silencio cómplice y acobardado delas instituciones del Estado.

Nada ha hecho más daño a España, nada ha hecho más independentistas que la actitud de los diferentes gobiernos centrales, actitud resumida tanto en aquel Aznar que habló catalán en la intimidad como en aquel Zapatero que prometió aceptar con los ojos cerrados la reforma que saliera del Parlament. Esa dejación de funciones, ese “buenrollismo” y el eterno mercantilismo con votos nacionalistas a cambio de leyes que les fueran favorables han llevado a una ausencia de las funciones del Estado de multitud de ámbitos de la sociedad catalana. Y a cambio solo se ha obtenido rechazo y odio de quienes se han visto favorecidos por esas leyes y la expansión económica, reflejadas en una España injusta, desarrollada y avanzada para unos y abandonada y despoblada para otros españoles.

Durante años el gobierno central ha cerrado los ojos a las ofensas públicas, a la manipulación de los medios pagados antidemocráticamente para apoyar al gobierno catalanista, a la manipulación de las escuelas, institutos y universidades. Con el beneplácito de la torpe oposición, creyendo unos y otros que así satisfarían a los nacionalistas y evitarían… lo que ha sido inevitable.

Si el Estado, gobierno y oposición, hubiese impedido lo que por antidemocrático se habría impedido en cualquier otro lugar, la necedad del nacionalismo exclusivista y odiador no se habría desarrollado hasta el punto del enfrentamiento actual, de la ruptura social catalana. Clubs de jubilados, asociaciones de amas de casa, corales de habaneras e incluso familias se sienten enfrentadas y rotas. Todo ello con el concurso activo del nacionalismo, con su impulso feroz, y con la pasividad, el relativismo y el encogimiento de hombros de quien debería haber apostado por la actividad positiva y por la aplicación de la legalidad. ¿Se habría permitido en Villanueva del Pino que se adoctrinase a los niños de la escuela en el odio hacia España?

El Estado, España, la convivencia entre españoles, ha salido dañada por la ineficacia de Rajoy, por los complejos del  PSOE y por los miedos a ofender. Todas estas cautelas, todos los complejos que España arrastra no han servido para evitar lo que se pretendía; al contrario: la debilidad del Estado ha servido para dar alas al independentismo, para impulsar la audacia de los extremistas y envalentonar a quienes creen que es democrático lo que ha sucedido en el Parlament en las últimas fechas. ¿Fascismo? Para algunos, fascismo es apoyar la ley, los demócratas se la saltan y se  la saltarán siempre. Excepto cuando ellos manden. Ojito entonces con salirse de la vereda marcada.


Hay un enorme problema social sin resolver, el que los miedos y las conveniencias políticas de Aznar y Rajoy y de Zapatero y Sánchez han permitido –y permitirá- crecer. Instituciones, medios públicos y privados deben prever y proveer soluciones. Pero los complejos de superioridad de unos y de inferioridad de otros lo impedirán. Lo dificultarán. Harán falta generaciones.

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