Palencia es una emoción:

30 agosto 2011

Me gustaría darle un sopapo a su hijo, señor.


Hace ya mucho tiempo que llegué a la conclusión de que este mundo funciona mal. Perdonen ustedes, me quito del teclado la corrección política y digo directamente que este mundo es gilipollas, que es la palabra más adecuada si consideras que es legal morirte de hambre si vives en Etiopía pero es ilegal dar un cachete a tu hijo si vives en Suecia.

Una de las crisis más graves de nuestra sociedad es la de la autoridad. En España hemos pasado –y engarzo con mi último artículo publicado en estas páginas- de una sociedad autoritaria a una sociedad absolutamente laxa en cuestiones de autoridad, pero, con los matices que nuestra Historia nos permite, esa laxitud alcanza a toda Europa. Muchos han explicado los disturbios recientes de Londres, en los que niñatos con todas sus necesidades cubiertas robaban a sus vecinos (televisores de plasma, no alimentos u objetos de primera necesidad) sin más motivos que el “me da la gana”.

A los adolescentes y jóvenes en general se les permite todo, todo está bien si a ellos les da la gana, estamos criando a la generación de irresponsables, mimados y consentidos más vasta jamás contemplada. La educación reglada se ha convertido en una avenida para el rápido tránsito de los chavales, previamente despejada de todo lo que signifique esfuerzo, dificultad o compromiso. La educación familiar es con frecuencia inexistente, pues volcados en hablar a los chavales de sus derechos nadie les habla de sus obligaciones. Los padres en general, y admito los errores de toda generalización, son una panda de acomplejados que evitan a su prole la experiencia enriquecedora del trabajo, de la austeridad, de la lucha y del posible fracaso, no sea que se nos traumaticen los pobricos y sufran, angelitos míos.

Les protegemos hasta la exageración, les envolvemos en capas de algodón no sea que la vida les empitone y les haga unos hombres antes de los cuarenta, que dónde van a ir antes de esa edad los chavalines. Les tenemos permanentemente recogidos en casa de papá, protegidos del frío, del calor, del día, del sol y de la sombra. Fabricamos una panda de inadaptados caprichosos, preocupados sólo por su propio egoísmo, borrachos de su poder, dictadores, intolerantes, dominantes, tan satisfechos de sí mismos como cansados de una vida que apenas conocen.

Sólo conocen la cara blanda y aterciopelada de la vida, que les va moldeando, imbéciles, en función de sus personales apetencias, sin jamás haber sido conscientes de la existencia de otros, de sus derechos o necesidades y de las obligaciones que ello comporta. Ah, antes de que se me irriten los lectores, sí, claro que sí, la culpa no es de ellos, sino de la sociedad que le educa de ese modo y se encoge de hombros ajena a los resultados devastadores.

Perdónenme ustedes, quizá no sepan por qué les estoy soltando discurso tan facha, atrasado, cavernícola y conservador. Estas líneas son resultado de mi irritación después de haber leído que un padre italiano ha sido detenido en Suecia por haber “curado” la rabieta de su hijo de doce años con un cachete. Sí, han leído bien. El padre está en la cárcel en espera de juicio hasta el seis de septiembre, el angelical infante italiano ha regresado a su casa trasalpina con el resto de los excursionistas. Si el chaval fuera etíope y se estuviera muriendo de hambre no pasaría nada, pero era italiano, “primermundista” en definitiva.

1 comentario:

Javier de Miguel dijo...

tendriamos que ver que ha llevado a ls padres a crear esta generación así ... yo no lo entiendo

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