Palencia es una emoción:

04 enero 2013

Reclamaciones a Dios


Señor, necesito saber dónde tienes la oficina de reclamaciones. Durante muchos años me han vendido unas navidades que no existen, se parecen a la realidad como mi vecina de arriba se parece a las señoras buenorras de los anuncios de colonia.

Pues a la navidad le pasa lo mismo. Qué quieres, Señor, que te diga, está muy lejos de ser ese sentimiento de felicidad universal que supuestamente debe inundar calles y plazuelas. Sí, soy consciente de que mi amor por mi familia es correspondido; sé que me aprecian amigos a los que yo aprecio; sí, he comido excelentes manjares durante estos días y he cantado villancicos junto al portal de Belén. ¿Pero es eso la felicidad, es ésa la tierra prometida durante estos días? Me quejo y protesto. ¿La oficina municipal de atención al consumidor acogerá mi protesta?

No recuerdo haberme sentido embargado de emoción, no recuerdo haberme sentido envuelto por el amor, cristiano o zapateril, qué más da, de los demás. No he visto en nadie, ni siquiera en mí mismo, lo reconozco, un deseo insuperable de amor al prójimo. Cuando se acabó el lechazo, cuando terminé la sopa de pasta de almendra, no había nada debajo. Al despellejar los langostinos (sí, ya sé que no uso la palabra con corrección semántica pero sin embargo es perfectamente adecuada a la sociedad) no encontré dentro sentimientos navideños, de hermandad, de solidaridad o de comprensión mutua, por ninguna parte.

Antes al contrario, he visto en mí, en mí vida y en alguna otra que me ha sido fácil observar, un progresivo decaimiento moral, común, por lo que sé, a gran parte de la sociedad. Indiferencia, aburrimiento. Perdóname, Señor, pero esta navidad se parece cada vez más a un agujero rodeado de nada, es más falsa y postiza que los decorados de cartón piedra de aquellas antiguas pelis de Hollywood.

Quisiera ya de paso que alguien me indicara dónde tienes la oficina de objetos perdidos y buscar la proximidad humana, el interés mutuo y el aprecio personal de unos por otros más allá de unas fórmulas sociales ajadas, manidas y carentes de valor real. Aún recuerdo aquellos años, todavía en mi juventud, que decidí aislarme y no participar, creo que hice bien, lástima que ahora no pueda. Mira, Dios, la navidad me parece una enorme tabarra, un fraude generalizado, un marear la perdiz mientras te roban la cartera cada vez que entras en un comercio y decides comprar la felicidad a cambio de un puñado de euros.

Perdón, perdón, Señor, ahora que lo pienso, tal vez debería dirigir mis reclamaciones hacia otro lugar… ¿La Humanidad? ¿Yo? ¡Lo que faltaba, que la culpa fuese de los hombres!

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