Palencia es una emoción:

15 febrero 2013

La Pernía

Nieva silencio. Dejo atrás Cervera llena de vida, con algarabía y bullicio en sus calles, camino de tierras de historia y leyenda. Un poco más arriba la Pernía me recibe vestida de primera comunión, con quietud de ermita rupestre, envuelta la mañana en horas vacías que me llenan de serenidad. El cielo aparece absolutamente monocorde, el suelo también. Y el silencio es el amo.

Me paro en un alto; a mis pies, el Pisuerga con vocación de mar; más allá, Vañes y un horizonte difuminado bajo la nieve. Quisiera ponerle nombre a todas las montañas, a todos los regatos, a los árboles y a las nubes y hacerme su amigo para invitarlos a mi soledad y compartir su conocimiento de siglos. Cuando llego al pueblo una pequeña troupe de cigüeñas parece telegrafiar mis pasos con sus picos, horadando la mañana, imperturbables, adustas, desafiantes a la temperie.

Hay una cadencia extraña en las cosas, parece no existir el tiempo, la mañana podría ser eternamente la misma si por el reloj de arena del horizonte no se deslizaran incesantemente miles de copos de nieve. De alguna chimenea sale señal de vida, dando testimonio de que el general invierno no puede con los pernianos, demasiados siglos aquí para dejarse vencer ahora. El silencio y la calma viven aquí y yo he venido para acunarme en ellos, buscando tal vez una palmadita en la espalda y una palabra de aliento.

Camino unos centenares de metros hasta un puente. Debe ser verdad que el tiempo se ha detenido porque no recuerdo ya bajo qué reinado godo empezó su eternamente pendiente arreglo. Abajo, el pantano me devuelve mi mirada, agitada en un pequeño remolino que se hiela al llegar a un remanso. No se sabe dónde empieza el cielo y dónde acaba al agua, se abrazan y se funden a lo lejos en grises sin luz, tamizados por copos cada vez más finos.

Reemprendo el camino animado tontamente por un momentáneo aumento de la luz. Me equivoco, por San Salvador nieva en voz alta y para alguien de la meseta esos copos de montaña son palabras mayores. Ni un café, media vuelta sin detenerme y a deshacer lo andado. Sigo, como todo el camino, la vera del Pisuerga, remansado casi siempre, alegre y trotón de vez en cuando.

Termino en Cervera, donde me rindo a comer platos contundentes junto a un balcón. Desde La Galería observo la monotonía de nieve y la indiferencia de los ciudadanos. Debajo, los soportales son un río de historia que no cesa, hitos que señalan la vida que lleva siglos trascurriendo bajo ellos. Y sin embargo nieva silencio.

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