Palencia es una emoción:

22 abril 2013

Mis reflexiones de privilegiado


Es doloroso ver los informativos de la tele; se siente lástima al leer las portadas de los periódicos, al empaparse de realidad. ¿Quién se beneficia de tanto dolor, dónde ha ido a parar la prosperidad de antes, quién se ha quedado con los derechos que teníamos?

La actual situación de caos económico que nos envuelve no puede ser sólo fruto de la casualidad; es tal el tamaño de la monstruosidad que sólo puede haber sido hecha a propósito, quizá consentida y animada. El retroceso de décadas en derechos, en riqueza, en bienestar sólo tiene sentido si alguien saca beneficio.

Sé de la suma avaricia del capitalismo; sé que capitalistas no son los dueños de las tiendas y negocios familiares que se sitúan a ambos lados de la calle mayor; sé que capitalistas no son los pequeños ahorradores que han, que hemos, puesto nuestros escasos dineros en manos de grandes empresas para conseguir cierto beneficio del progreso general. Pero sé, repito, de la suma avaricia del capitalismo aunque no sepa quiénes son los capitalistas, salvo quizá unos pocos y sonoros nombres que todos tenemos en la cabeza. ¿Cuántos capitalistas hay manejando la sociedad, ocultos en edificios bien guardados, por cada uno que conocemos públicamente?

Sé de la supina ignorancia del dirigente político que no vio venir la crisis, negándola mentecatamente durante años en vez de poner remedio, inventando brotes verdes que sólo él se empeñaba en encontrar, incluso en contra de las tesis de sus conmilitones más ilustrados y más preparados.  Sé de los millones despilfarrados en ayudas a homosexuales de Puerto Rico, por citar un simple botón de muestra, insignificante por sí mismo. Sé de los millones despilfarrados en ONGs fantasmas, en ayudas a partidos y subvenciones a cursos sindicales. Sé de los millones dilapidados en obras faraónicas. Sé de las pensiones a políticos con sólo dos legislaturas a sus espaldas, sé de los sueldos de alcaldes y presidentillos autonómicos con ínfulas de jefes de estado.

Y sé que por todo ello a España ha vuelto el hambre, sé que hay miles de familias de clase media sin trabajo, niños a los que el Estado ha de dar de comer –vuelve la ignominiosa sopa boba-, sé de familias que han sido arrojadas de sus casas por no poder cumplir sus compromisos de pago de unas viviendas sobrevaloradas por la avaricia y la especulación.

Y sé que todo esto se quiere solucionar habiendo reducido las pensiones, los sueldos, los derechos, las vacaciones, el bienestar; sé que todo esto se quiere solucionar reduciendo el número de camas en los hospitales; sé que todo esto se quiere solucionar reduciendo los maestros y los médicos; sé que todo esto se carga sobre las espaldas de los más débiles, sé que todavía no se han tocado los privilegios de la maldita casta. Y todo esto me pasa por leer, por escuchar la radio, por ver los informativos. Quizá por pensar. Me acuesto sobrecogido y me levanto asustado. Me pregunto qué he hecho yo –qué hemos hecho nosotros- para merecer esto y no hallo respuesta. Sólo sé que lo estamos pagando. Que lo pagan amigos míos sin trabajo, sus familiares que los mantienen y que lo puedo pagar yo si tengo que ir al hospital. Sé que lo estoy pagando yo trabajando más horas que antes por menos sueldo. Y soy un privilegiado.

¿Quién se beneficia de tanto dolor, dónde ha ido a parar la prosperidad de antes, quién se ha quedado con los derechos que teníamos? La actual situación de caos económico que nos envuelve no puede ser sólo fruto de la casualidad; es tal el tamaño de la monstruosidad que sólo puede haber sido hecha a propósito, quizá consentida y animada.

Sé que el drama de España es ser España y que el próximo viernes, que Dios nos coja confesados, hay consejo de ministros. 

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