Palencia es una emoción:

13 mayo 2011

Támara de nuestra Historia

Vientos de Historia de Castilla cruzan la muralla por el arco de entrada, besan los sillares y beben en las fuentes de Támara antes de subir hasta el castillo y entretenerse, infantiles y traviesos, en el museo etnográfico, argumento de un mundo en trance de desaparición.

Sopla un remolino por el callejón Salsipuedes y sube por la calle del Caño hacia San Hipólito. Sólo él me acompaña mientras asciendo respirando el silencio y la soledad que emanan de todos los rincones. Quizá sea la misma brisa que un día de concierto haga sonar la música de Pachelbel o Bach en el sobrenatural órgano de la localidad.

Desde el ayuntamiento la ventolera tiene a sus pies Tierra de Campos. Quizá enredándose en la espadaña o saltando de tejado en tejado hasta San Miguel pueda observar allá lejos, donde acaba la meseta, los altos picos del norte de Palencia, testigos impávidos de la vida en tierras que fueron centro del mundo, frontera casi imbatible para los turbiones cantábricos.

Sé que las piedras del pueblo conocen lo que en otro siglo fueron y guardan esforzado silencio para que la decadencia no devore su orgullo apresado en mil años de Historia. Clérigos y caballeros, artesanos y menestrales, labriegos y dueñas ocuparon con voces y afanes cotidianos el espeso silencio que hoy se esconde detrás de cada puerta condenada, detrás de cada ventana cerrada.

San Hipólito, catedral de piedra en un mundo de adobe, orgullo gótico en tierras del románico, se yergue ante mí, imponente, gallardo y altanero, desafiando a los elementos, retando al tiempo y haciendo fútiles sus esfuerzos por doblegarle.

Ya no hay reinos que disputen su futuro en los campos de Támara, ya no suben peregrinos al  hospital, no hay armadas huestes oteando el horizonte desde sus almenas. A la amenaza que se cierne sobre la localidad no se la afronta con lanzas y arcabuces; el futuro no parece tener parada en Támara pero alguien debería detenerlo y obligarle a fijar aquí su residencia, devolviendo al municipio la prosperidad que tuvo. De Historia y abolengo no se come, hoy la creatividad es la llave que abre el progreso y puede devolver a plazas y calles las voces infantiles que un día se fueron. Artistas, artesanos, músicos y escritores tienen en estas calles vacías y en sus rincones silentes un refugio en el que convocar a las musas y citarse con la inspiración para crear arte y vida. Para devolver vida al arte que aún guarda la amurallada Támara.

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