Palencia es una emoción:

05 junio 2011

España en bragas

No es que multen por todo ni siquiera que no te dejen respirar. Cierto que hay cosas que no deberían estar prohibidas, simplemente porque el sentido común indica claramente lo correcto y a ello deberíamos someternos todos. Prohibir fumar en bares o restaurantes puede haber sido uno de los mayores aciertos de este gobierno socialista que no se ha enterado de por dónde le golpeaba la crisis. Por dónde nos golpeaba, quiero decir. Hay cosas que no deberían prohibirse porque nadie debería hacerlas por educación, respeto, sensatez y cultura.

Hay bajo mi balcón, no sabe ustedes el juego que me da el balcón sobre un banco del parque, una pareja que habla de que todo está prohibido, de que esto se está poniendo imposible y de que ya no hay quien aguante más. Que es que ya hasta han prohibido ir desnudo por los paseos marítimos de España. Y me parece, torpe de mí, que estas cosas no habría que prohibirlas, que las prohibiciones se activan cuando el sentido común deja el campo libre.

El éxito económico de Occidente en general, aún con esta crisis que remontar, nos ha llevado a descuidar valores menos tangibles que el billete de cinco euros, a pensar que todo lo que no sea dinero contante y sonante no vale y conviene deshacerse de ello o al menos no darle importancia. Palabras como decencia o respeto o moralidad han caído en desuso sustituidas por “¿Cuánto cuesta esto?”. Si pides respeto a alguien, ésa es otra: el respeto no se debería pedir, se debería conceder de entrada, obtienes una sonrisa de conmiseración y una inquietante pregunta: “¿Pero quién te crees tú”.

Hemos llegado a un punto en que nos parece normal ver bajo la cinturilla del pantalón la ropa interior de las señoras (muy señoras no serán en este caso, digo yo) y en el que entrar en un restaurante y tener que comer junto a un señor en bañador nos parecía aceptable en una sociedad tolerante. 


Porque tenemos que ser tolerantes hasta el extremo, todo es aceptable y la democracia es admitir a los demás y sus diferencias, nos decían. Todo lo contrario era la dictadura, no digamos el franquismo, en que la razón la tenían siempre los señores con bigote fino, gafas oscuras y señorial puro en la boca. No digamos si debajo de la solapa guardaban una placa policial. Y ésa era la cuestión, o eras tolerante o eras franquista, no había medias tintas. Si mis lectores no me contradicen hasta era perfectamente lógico, disculpable y legalmente admitido ir en pelota picada por Barcelona. Todo en nombre de la tolerancia y del progresismo, no fuera que recayéramos en una sociedad troglodita, machista y sexista. Nene, caca.

No sé si es el principio de un cambio, más bien me temo que no, o sólo una pequeña rectificación, pero en Barcelona no se puede ir enseñando las vergüenzas (qué claro es a veces el lenguaje) y en muchos restaurantes no te dejan entrar si no vas dignamente vestido. Simplemente vestido. En las ciudades playeras empieza a ocurrir lo mismo, afortunadamente. Confundir la propia libertad con la Libertad es el primer síntoma del liberticidio y confundir el progreso con el exhibicionismo es el primer síntoma de memez que termina con excluir el respeto al otro porque ésa es cosa de carcas cavernícolas. El respeto tiene muchas caras, la de ir convenientemente vestido para la ocasión es sólo una de ellas, aunque a lo peor está entrando en el ocaso. 

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