La organización territorial fue
de las peores soluciones que aportó la Transición de Suárez y UCD. Los actuales
problemas en el País Vasco, con previsible mayoría de las fuerzas
independentistas (La Constitución dice que el ejército garantizará la unidad de
España pero no habrá presidente del gobierno que se atreva a ello), y la
bravuconería de los nacionalistas catalanes a la hora de exigir cinco mil
millones a “España” son sólo los datos finales y más preocupantes de una deriva
incesante que lleva al Estado a punto de ser derrotado.
El Estado ha cedido en casi todo
ante los nacionalistas sin obtener nada a cambio, son incesantes los empujones
de éstos hacia la independencia sin que la actitud sumisa del Estado haya
servido para nada. Los nacionalistas quieren sobre todo ser únicos y exclusivos
y jamás han aceptado (al contrario, cada vez han ido subiendo sin límite el
nivel de sus permanentes exigencias) que otras regiones accedieran a una
autonomía, aunque fuera de tercer nivel, que pudiera poner en duda la
preponderancia narcisista de sus reclamaciones.
Como mayor perversión se decidió
partir a Castilla (¿Cabe alguna comunidad más histórica que Castilla, Aragón o
Navarra?) para que no hubiera competencia política o económica contra Cataluña
o el País Vasco. Se acepto sacar a Madrid de Castilla para perjudicarla
económicamente y sacar a Santander para apoyar la economía portuaria de Bilbao.
También se separó a Castilla La Mancha, cuanto más pequeños sean mejor, debieron
pensar. Aún así los nacionalistas vascos no aceptaron la Constitución porque dañaba sus
privilegios (¿Privilegios en una democracia? Ah, sí el concierto económico que
también reivindica Artur Mas y que la inutilidad del gobierno español nos hará pagar a todos los demás) y Convergencia y Unión está permanentemente
amenazando con saltarse la ley y desobedeciendo a los Tribunales.
El Estado siempre ha cedido,
cobarde y culpablemente, dañando al resto de españoles y creyendo que con eso
salvaría la situación. Los perjudicados de esta vergüenza somos el resto de los
ciudadanos y volveremos a serlo nuevamente cuando, con mayor o menor disimulo, se
apruebe para Cataluña el concierto económico. La insolidaridad hecha ley. Nadie
compensa a Castilla por los miles de emigrantes, por los miles de millones de
impuestos que estos emigrantes no pagan en Castilla, por los miles de millones
esfumados cuando crean riqueza en otras partes y no en Soria, Ávila o Palencia.
La España demócrata no se ha portado
con Castilla mejor que el franquismo, elemento desertizador de nuestras
tierras; Castilla hoy es un elemento prescindible en España, sin influencia
política, económica o social. Castilla es intrascendente en esta España
desvergonzada, altanera con los débiles y pordiosera con los poderosos. Los
políticos demócratas se encogen de hombros como si la cosa no fuera con ellos
mientras cada año que pasa nuestros pueblos decrecen en habitantes y en riqueza.
Si Franco trasladó por la fuerza a miles de castellanos (Puso fábricas donde no
había mano de obra y altos hornos donde no había carbón) a ninguno de nuestros
gobernantes autonómicos o nacionales parece importarle. Castilla languidece
olvidada por unos misérrimos políticos que como pago por su felonía pueden a
ver deshecha esa España más postiza y falsa que la de “Bienvenido, Mister Marshall”
que han estado defendiendo durante décadas.
A España se le acaba el tiempo;
durante casi cuarenta años nadie ha sabido hacer frente con inteligencia y
gallardía a la propaganda lastimera, egoísta y eficaz de los nacionalistas,
nadie ha intentado deshacer esa equiparación falaz entre Cataluña y CiU, entre
Euzkadi y PNV o Bildu. La humillación del Estado sólo ha servido para ser torpes
cómplices de la actual situación.
Los castellanos también tenemos
la culpa de haber escogido reiteradamente a unos políticos enemigos nuestros
que hace años han bajado los brazos. Las opciones que el sentimiento castellano
presentaba eran válidas a poco que los ciudadanos hubiesen confiado en ellos.
La validez de la democracia siempre depende del dinero que tengas (o que te
presten los bancos) para presentar tu discurso político. Ahora mismo los
partidos castellanistas están infantilmente divididos, repartiéndose la miseria
entre ellos. Sólo la unidad, el dinero y la cercanía a lo que piensen los
castellanos podrían darles una oportunidad.
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