Palencia es una emoción:

19 mayo 2013

Mouriño, somos como un niño

Entiendo que toda sociedad, por muy avanzada que sea necesita sus mitos, sus ídolos, seres reales o imaginarios que colocados por encima del nivel del homo vulgar representen para él un ideal inalcanzable. Los futbolistas cumplen esa misión.

En la más rancia antigüedad el sol, el trueno o el rayo eran temidos y adorados; a medida que el hombre ha comprendido e incluso dominado la naturaleza ha desmontado esos mitos. Hoy la religión cumple una misión semejante, tratando de provocar en nosotros una imitación de posturas, acciones o actitudes dignas de ser seguidas por aquellos que quieran ser mejores. Como los lectores conocen sobradamente mi postura de implicación y respeto en este terreno no tengo más que decir.

Sin embargo se me hace cuesta arriba comprender cómo hombres hechos y derechos, grandes padres de familia, encargados de subsección e incluso responsables jefes de sección de importantres empresas, tengan por ídolos o por demonios a estos nuevos gladiadores endiosados que en un día de alegría y vino se podrían comprar con su sueldo al aludido jefe de sección con toda su familia y empresa, dejarlos en cualquier vertedero y decir que se les ha perdido. Seguir las vicisitudes de un campeonato de fútbol –o pongan ustedes el deporte que quieran- y ocupar las horas de barra de bar o de partida de mus desmenuzando filosóficamente las declaraciones de la novia del portero del edificio donde vive el utillero del equipo de sus amores me parece de un infantilismo propio de una sociedad que está… como está la nuestra.

Y si ya puestos a ello hacemos análisis social y filosófico del comportamiento de un entrenador, elevándole a los altares de la actualidad, diseccionando la profundidad de su mirada, analizando si le ha salido un grano en sus últimas declaraciones o sus palabras en realidad venían a cuento de un malentendido con el novio del amante de la novia del que pinta las rayas del campo… me encuentro con una sociedad enferma y necesitada de largas sesiones de terapia en el diván de un siquiatra, una sociedad  que mejoraría grandemente con un trasplante de células grises provenientes de cerebros tan preclaros como el de Belén Esteban.

Que un personaje prescindible como Mouriño sea objeto de debate por sus afirmaciones o negaciones, por su presencia o ausencia, por sus decisiones o indecisiones es propio de una sociedad mentalmente tercermundista; que abra portadas o que encabece páginas es muestra de que el sistema educativo español ha fracasado… si es que alguna vez ha existido. Que un impresentable como Mouriño sea objeto de filias y de fobias demuestra que nuestros dirigentes, desde hace generaciones, han conseguido su objetivo: que las taras mentales, culturales y sociales de los concursantes de Gran Hermano se impongan en la sociedad.

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