Palencia es una emoción:

19 noviembre 2005

Actualidad, Iglesia y yo

Ya sé que me repito mucho, hasta el otro día en la tele, pero aún así quiero insistir: Soy católico. Si otros declaran públicamente su orgullo de ser ateos, homosexuales o de militar en tal partido ¿no podré hacerlo yo de ser católico? Pero ser ateo, comunista o radical sindicalista está aceptado, incluso bien considerado por la sociedad. Ser católico... empieza a ser políticamente incorrecto. Y a mí me "pone" llevar la contraria a lo políticamente correcto. Me parece que los católicos hemos ido acumulando demasiados complejos y deberíamos empezar a salir del armario. Ruidosamente. Estruendosamente.
Pero no me reconozco en la Iglesia que ha salido el pasado sábado a las calles de Madrid. Considero que ésa no debe ser su tarea, que su misión (su Misión) es otra. Me gustaría que fuera el compromiso de los cristianos lo que la mantuviera económicamente, y no los Presupuestos Generales del Estado. Me gustaría que a los padres y niños católicos no les pesara el esfuerzo de ir a clases de religión... fuera del horario escolar. ¿Quién dijo que ser cristiano es fácil, cómodo y divertido? Tampoco me encuentro entre tantos palentinos entregados a los más débiles en América o África. Lamentablemente me falta valor (y muchas otras cosas) para darme a los demás hasta el extremo de amigos míos que han renunciado a su familia, a su carrera, a su país y a su vida para atender a enfermos incurables, llevar medicinas adonde los Estados no pueden llevarlas y hablar de Dios. Me gusta la buena vida, qué le voy a hacer, y de momento no tengo ni puñeteras ganas de renunciar a las comodidades de las que me he rodeado. Mea culpa.
Pero no basta hablar del sacrificio de los que se van a misiones. Aquellos sacerdotes que trabajan entregada y calladamente en su parroquia, llevando una sacrificada labor pastoral en medio de la soledad, la indiferencia y la incomprensión me parecen tipos dignos de toda alabanza.
Por todo ello me duelen tanto determinadas posturas de la cúpula eclesial como los estúpidos e innecesarios ataques, decimonónicos, histriónicos, excesivos y virulentos, de fatuos giliprogres que han encontrado una forma fácil de manifestar su resquemor y su intolerancia a los que piensan distinto. Hoy dispararle a la Religión tiene el aplauso y las risas generales de cierta masa social. Y pobrecito aquel miembro más o menos destacado de la Iglesia que se pase un centímetro de la raya. De cualquier raya.
Lamento el abandono general de los templos y los seminarios vacíos. Creo que en buena medida nos lo hemos ganado a pulso los propios creyentes; más, quienes más influencia han tenido. Con la autoridad, el poder, y el peso absolutos en todos los ámbitos (político, cultural, militar, en la comunicación, en la enseñanza) y en todos los niveles (desde el pueblo más pequeñito hasta las grandes ciudades y los grandes organismos del Estado) que ha acumulado la Iglesia durante dos mil años, muchos y muy graves errores ha debido cometer para que el pueblo, su pueblo, le haya vuelto la espalda y prescinda de su opinión en temas como el aborto, el divorcio, el preservativo, matrimonios homosexuales y tantos otros. Hoy todas las Iglesias, pero más las más acomodaticias, están siendo barridas de los hogares. Quienes se bautizan, hacen la Primera Comunión o se casan por el rito eclesial lo hacen en un elevadísimo porcentaje por seguir una popular tradición. Secular.
Como funcionario cumpliré fielmente lo que la LOE disponga, pero yo también me manifiesto, sin salir a las calles de Madrid, tanto en contra de hipotéticos privilegios como de aquellos aspectos que no devuelven a maestros y profesores el prestigio y la autoridad que nunca se les debió arrancar, y aquellos que no valoran debidamente el trabajo de sus mejores alumnos, diferenciándolos suficientemente de aquellos otros impermeables al esfuerzo de la sociedad con ellos.
No sé si España ha dejado de ser católica, pero sí sé que para serlo no basta estar inscrito en un polvoriento registro de bautizos.

10 noviembre 2005

EL MALL

Yo suelo pasar el fin de semana en la calma de mi hogar, en la serenidad de mi cuarto de estar, en la quietud de mi familia, en la tranquilidad de mí mismo. Pero en la tarde del pasado sábado un compromiso me llevó al híper de las afueras de la ciudad donde quedé abrumado ante la estruendosa masa humana que lo colmaba y que, indiferente al codazo que Misanta me dio para que reaccionara, se desplazaba por él con la impasibilidad del que todo lo conoce, la altanería del que todo lo tiene y la prepotencia del que todo lo puede. El azar que me llevó a romper mi costumbre me mostró de pronto la Palencia que según el INE disfruta de pleno empleo y que para celebrarlo se lanza al híper dispuesta a autocomplacerse instantáneamente, la Palencia que, bañada en su autosuficiencia, sucumbe en chándal y barba de dos días a la necesidad de demostrarse que ya no pasa hambre y que podría comprarse el centro comercial entero si quisiera.
La Calle Mayor, la orilla del río, el viejo Monte El Viejo por donde paseaban mis padres son subsumidos por el centro comercial, catedral de voluptuosidad moderna, mezquita del consumo en la que todos nos postramos ofreciendo nuestros culos en pompa al dios del derroche. Hay un ansia de urraca que obliga a vivir rodeado de mercaderías relucientes, placenteras y valiosas que podríamos poseer con sólo chascar un dedo. Palencia dejó ya de ser el vicetercer mundo de los años sesenta, sueño evanescente del seiscientos a plazos y malnutrición con sabor a posguerra. Los sábados por la tarde Palencia vive inmersa en el mundo ocioso de los nuevos ricos que tienen prisa por consumir más, más deprisa y más caro. Y ante los vecinos, si puede ser.
Esto parece Jauja, esto parece América. Lo que no consiguen los ejércitos del Tío Sam lo consiguen sus películas y nos estamos americanizando a ritmo de american movie en prime time con más share, o sea. Lo que no conquistan con sus fusiles lo conquistan con su cultura y del fin de semana hemos hecho la fiesta del “mall”. Ya les hemos copiado Papá Noel, la chorrifiesta de Halloween y la comida basura. Ahora, la costumbre de quedar en el híper; todo muy american fashion, muy american way, con todo el escaparate al alcance del monedero, desde unos calcetines blancos hasta una televisión de plasma. A este paso we’ll have to speak English very well o nos veremos desplazaos de nuestro propio pueblo, oiga. ¿De verdad avanza la sociedad? ¿Hacia delante?
Me llama la atención que la gente se cite en el centro comercial como método y lugar de diversión. Familias enteras se dicen: “Vamos a pasar la tarde al híper”. “¡Al híper, al híper!” deben berrear preñadas de entusiasmo tiernas criaturas repletas de mocos. Y allí se pasan las horas muertas padres, hijos y demás familia, entre vestidos de gran fiesta que nunca necesitarán, deportivas de marcas que explotan a niños, sofisticados aparatos de alta tecnología que nunca comprenderán y montañas de palomitas de maíz. Dulce o salado, a elegir. Encantados de haberse conocido, llenan de tensa ansiedad carritos enteros que al llegar a casa vaciarán en un santiamén, que ya han salido productos diez veces más nuevos, más modernos y más caros. Y al sábado siguiente volverán a depositar sus esperanzas de una vida mejor en otro carrito lleno de objetos que al llegar a casa ya se habrán quedado obsoletos.
No sé si realmente progresamos acompasadamente en todos los aspectos o si estamos a punto de desplomarnos al vacío por fatiga de los materiales. De las meninges, digo. Antes las familias pasaban el fin de semana en la gloria de la casa de la abuela, comiendo sardinillas en aceite y castañas asadas. Ahora el “mall” está sustituyendo a la partida en el bar de la esquina y las palomitas a las castañas asadas. Zapatero debería estar más preocupado que por el estatuto de Cataluña. El Estatut De Catalunya, quiero decir.
(Dios mío, ¿y si fuésemos una subcontrata-basura de Estados Unidos? )

05 noviembre 2005

NADIE ES MÁS QUE NADIE

Estamos Matías y yo ante sendas tazas de café. La tarde de noviembre es de difuntos. Porque lo es y porque es ventosa y oscura. Nos hacen anochecer antes de tiempo y luego pasa que están los cuerpos y los espíritus rebeldes y sin saber si ir a casa o echarle otro pulso al tiempo tras el escaparate de la principal cafetería del barrio. Entre sorbo y sorbo debatimos casi tanto como en el Congreso. Pero sin insultarnos.
Para mí que lo que Maragall y sus ayrgamboys quieren es okuparnos a los demás y decir que son pobres y tienen derecho a una vivienda digna. Y el juez que entre todos hemos escogido ni se inmuta, sólo sonríe. Que es que estos pobres chicos son unos necesitados y unos incomprendidos y los que hemos pasado veinte años pagando una hipoteca, la luz, el gas, los impuestos, tasas de alcantarillado y además hemos aguantado estoicamente las reuniones de la comunidad somos unos capitalistas insolidarios.
Matías sin embargo opina que lo que pretenden es que seamos todos catalanes. ¿Que ha nacido usted en Tórtoles de Esgueva? ¡Catalán! ¿En Torredonpacheco? ¡Catalán! Y se aguantan, coño. Y como todos somos catalanes y ellos son el cherif y sus ayudantes pues nos “autogobiernan”, quieras o no. Y por nuestro propio bien nos dicen cómo tiene que ser España, cómo tiene que organizarse y quién tiene que beneficiarse a los demás. De los impuestos de los demás, quiero decir. Eso o somos unos fascistas españolazos desagradecidos. Todos menos nuestros diputados socialistas palentinos a los que, parapetados tras sus escaños, no hemos oído defendernos. ¿A qué esperan para decirnos lo que piensan? O lo que no piensan. Si es que piensan.
En lo que ambos coincidimos es en que están a punto de conseguir su propósito, sea okuparnos o hacernos a todos catalanes. Porque el juez sigue sonriendo sin más. Pero el mal no empezó cuando Maragall ni cuando Pujol. Que nuestros pueblos se despoblaron con Franco. Y Franco y sus ministros enclavaron las empresas, las inversiones y la riqueza donde quiso el dictador, obligando a miles de castellanos a dejar campos y pueblos abandonados. Para unos las industrias, para otros el destierro. Puede que Cataluña tenga “Identidad nacional”, como dijo Zapatero. ¿Pero Castilla es menos? ¿Tiene menos Historia? ¿Menos derechos? ¿O simplemente es que nos dejamos tocar los “tegumentos procreativos” con más paciencia? Puestos a jugar juguemos todos con las mismas cartas, ¿por qué Castilla no va a ser una nación, una “identidad nacional” o cualquier otro artificio con que se envuelva la cosa? Nadie es más que nadie. ¿Nadie?
Habiendo tantos castellanos en Cataluña puede ser lógico que vengan los catalanistas (no los catalanes, doña María) a ocupar nuestros pueblos abandonados. Así conseguiríamos repoblar nuestra envejecida Castilla, al menos los fines de semana y/o puentes largos. Los grandes beneficiados de la dictadura franquista pretenden seguir siéndolo con la Democracia. Matías me insiste lo que le gustaría ver a Rajoy echándose al coleto también una copita de cava castellano, que lo hay de calidad.
Y mientras tanto los santos sin recoger, que hace seis años que denuncié en este periódico la situación del museo Marès, donde centenares de obras de los más grandes artistas castellanos permanecen expuestas sin que en muchos casos se conozca el misterioso procedimiento por el que salieron de Becerril, Paredes, Ampudia o tantos otros pueblos. Que es que siempre tiran del mismo lado de la cuerda, que si tiramos los demás nos llaman rompecuerdas, o sea. El caso es que cuando voy a enviar este artículo me llama Matías y me espeta que en una de las más importantes factorías de Palencia se están recogiendo firmas para reclamar este patrimonio palentino. Son decenas los trabajadores que, hartos de lamentarse vanamente, han firmado para exigir que vuelva a Palencia lo que de Palencia salió con trampas, presiones y maneras poco claras.
Después de seis años se me eleva el espíritu.

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