Palencia es una emoción:

28 octubre 2005

YO DESCUBRÍ LA RADIO

Yo no sé quién inventó la radio, si Marconi, como estudiábamos en la escuela de Venta de Baños, o el ingeniero español Julio Cervera. A mí me gustaría que fuese alguien nuestro, incluso del barrio de la estación de Venta de Baños si fuera posible.
No sé quién inventó la radio pero yo la descubrí. Fue una tarde de lluvia persistente y humo espeso. Por eso sé que era domingo, porque mi padre fumaba uno de aquellos puros baratos y populares que inundaban de su ácido olor aquella casa de alquiler en la que pasé mi primera infancia. Seguramente mi padre arrugaba la frente y miraba al infinito, como cuando se enfrentaba a algún problema difícil o cuando la vaciedad y la nada se presentaban amenazantes dispuestas a acorralar las largas horas de ocio de un fin de semana.
Siempre había estado ahí, en la alacena, frente al rancio armarito con espejo del rincón de la cocina donde mi padre se afeitaba. Siempre había sido vieja y achacosa, con unos enormes botones, de los que sólo funcionaba el del encendido. Que no pudiéramos buscar diferentes emisoras no tenía mayor importancia, porque en Palencia sólo había una y ya estaba permanentemente sintonizada. En cambio el botón de encendido sí que era importante. La habitación matrimonial estaba a la entrada de la casa, pero cuando llegábamos mi padre solía dirigirse primero a la cocina, encendía la radio y sólo después empezaba a quitarse la corbata, ya camino del dormitorio. Justo entonces, cuando mi madre iba a hacer algún comentario, empezaba a oírse un lejano rumor de voces que cada instante se hacía más presente, hasta que tras un desolador silencio empezaba a escucharse el anuncio de OKAL, el otro para herniados o aquel otro dirigido a los sordos, cuando yo preguntaba que por qué no le ponían más alto.
Desde entonces la radio ha estado ahí. Aquí. Inventada por unos o por otros, pero a mi lado. Cuando algunos la descubrieron el 23-F yo ya llevaba muchas horas oyendo “Cimbalillo” o “Versiones comparadas”. O aquella “Sala de Espera” que hacía mi añorado Agustín García Blanco desde la oficina de telégrafos de Venta de Baños. Cuando en la estación de Venta de Baños había oficina de telégrafos y policía secreta. Cuando en Venta de Baños había pueblo y había vida.
Cuando lo de Tejero, yo ya había perdido la cabeza por el invento de Marconi. O de Cervera, tanto da. Y estaba intentando enamorarla con un programa nocturno de jazz en lo que entonces era Radio Cadena Española. Otro amor que me dejó solo a media noche. Sobre la acera de la calle Becerro de Bengoa, con el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos buscando un mal cigarro suspiré y decidí arrojarme de cabeza al futuro.
Pero la radio siempre había venido detrás de mí. ¿O iba yo detrás de ella? Estaba junto a mis iniciales libros de aventuras y sus héroes, y me acompañaba también con mis amores preadolescentes y mis fracasos. Para los primeros estaban los conciertos que cerraban con el celofán de la música clásica las últimas horas de la tarde, para los segundos siempre quedaba “La Hora Bruja”, que ponía el lazo romántico a la magia cotidiana.
La música trompetera de las noticias del “El Parte” de Radio Nacional forma parte de mi infancia y juventud de la misma forma que el Nodo y la cantinela con que aprendíamos la tabla de multiplicar en la escuela de Don Pedro Acinas. No voy a caer en la vulgaridad de decir que “forman la banda sonora de mi vida”, pero me dan ganas de entonarlas a voz en grito. Lo mal que canto pero sobre todo que son las tantas de la noche y mis vecinos iban a reforzar la mala opinión que tienen de mí, esta vez con motivo, me retienen. Además ya va siendo la hora de enviar este artículo a la Redacción, que esta semana me pilla el toro.Ah, delante de la vieja radio dejaba mi padre todos las mañanas el ejemplar de “El Diario Palentino”. Otro día les contaré que aprendí a leer con los titulares del “El Diario-Día”.

15 octubre 2005

BOCADOS DE REALIDAD

Juventud, perdido tesoro. Yo tenía dieciséis y ella quince. La observaba desde que empezamos a estudiar juntos aquel curso. Preciosa, alta, estilizada, elegante, de mirada viva, inquieta e inteligente, iba siempre con un libro de Borges, de Kafka o Rainer María Rilke bajo el brazo. Un ángel. Cuando me encontraba con ella por los pasillos me sonrojaba y apretaba el paso. Con el tiempo me envalentoné, iba a ser mi cumpleaños y pensé en invitarla sabiendo, con la inocencia de la adolescencia, que iba a enamorarme de ella. Aquella tarde había un partido de baloncesto y me senté a su lado con las más sagradas intenciones. Un elemental sentido de la precaución me hizo escuchar antes: “ ...y le dije que no se pondría así y le fumigué con la mirada, oyes”. Me levanté y me fui. Creo que seguimos todo el año en la misma clase. Oyéndola entiendo lo de Kafka ¿Pero para qué querría a Borges? ¿Y a Rilke?
La oficina siniestra. Voy al banco lo menos que puedo. Me molesta, me siento incómodo y prefiero los cajeros. Estuve hace dos meses en mi sucursal. Empleados nuevos. Dos. Desconocidos. Ordené una transferencia e indiqué el concepto por el que se hacía, unas obras en mi cocina. Ayer tuve que volver. A mi pesar. Me sonrieron de oreja a oreja, me tutearon y me llamaron por mi nombre, me volvieron a sonreír, me dieron una palmadita en la espalda, me preguntaron muy atentamente por el resultado de las obras y me despidieron por mi nombre, también. Pesaos. Torpes. Huyo despavorido. Me molestan. ¿Por quién me toman? Se creen que me lo creo, se creen que me lo trago. A la próxima cambio de sucursal. O de banco. Prefiero los cajeros, son más callados. Y discretos.
Cualquier tiempo pasado fue mejor. Qué poco respeto se tiene el que quiere presumir y no puede hacerlo de lo que es. El que necesita presumir de amigo. Era fiesta y quise celebrarlo con mi familia en un restaurante. Porque soy así de rumboso. Un antiguo compañero con gran memoria me reconoce. 35 años después. Qué fiera, el tío. Me llama con señas y pretende hacerme ir a su mesa. Me resisto, me hago el ausente y viene él a la mía. Se presenta, me saluda, le saludo y me abraza. De pie, en pleno restaurante, delante de cuarenta comensales. Media hora más tarde vuelve a las andadas. Ahora los gestos son más ostentosos, persistentes y grandilocuentes. Insiste. Me resisto. Insiste. Insiste. Me resisto. Insiste. Cedo de mala gana, me levanto de mala gana y me acerco de mala gana. No tiene nada que contarme ni preguntarme. Simplemente va y me presenta a ese actor de moda con cara de marciano incomprendido, a su novia, su padre y demás familia. Sólo quería eso. Tanta seña, tanta insistencia, tanta mala educación para presumir de famoso, para presumir de otros. Yo también como con alguien importante. Misanta, pero no necesito presumir. Ni ella de mí. Cuando se levantan y se van prefiero sentirme súbitamente atraído por uno de los cuadros de mi servilleta. Qué interesante es.
Beatas y meapilas. ¿Se acuerdan de aquello de beatas y meapilas? Atrajo una hemorragia de protestas, perdónenme la vulgaridad. Llamadas, cartas y faxes a tutiplén. Que hablen de uno, aunque sea mal. El artículo debía haber estado mejor escrito, pero también debía haber sido mejor leído. Se llama comprensión lectora y se trabaja mucho en las escuelas primarias. Elementales, eh. En aquel momento no se recibió una sola carta de apoyo. Que con el tiempo me ha ido llegando personalmente. Palmadas en la espalda, sonrisas, críticas a los lectores y alabanzas a mi ironía (nada fina en este caso, admito). Hasta en la archidiócesis de Madrid. Por la calle, en la plaza de abastos, en la cola de la carnicería, en el fútbol, por correo tradicional y electrónico: “Qué torpes, algunos lectores”. Qué llamativo nuestro país, entregado de pecho a las críticas públicas, (pregonero con pana, gorra de plato y trompetilla), pero encerrado en alabanzas privadas. Casi secretas. Somos.

06 octubre 2005

CAFÉ ( o achicoria, depende) PARA TODOS

Estoy firmemente convencido de que uno de los errores de la Transición fue extender a todas las regiones la autonomía que entonces reclamaban cuatro catalanistas, cuatro vasquistas y un par de galleguistas. “¿Qué es eso de tratarnos a todos igual?” debieron pensar los más avispados nacionalistas, “que nosotros somos catalanes, eh”. O vascos. “La autonomía para el que la trabaja”, seguro que añadieron. ¿Tratar a Asturias como al País Vasco? ¡Pero a quién se le ocurre!
Algún político cándido con demasiado poder pensó que ésa era la forma de minimizar riesgos, de no hacer diferencias y de tratar a todos por igual. Vaya tontería. Cuando es exactamente eso lo que los privilegiados nacionalistas no quieren, que a ellos les va jugar con ventaja. Incluso algún político de CiU lo dijo entonces: “Cataluña no es igual que Murcia”. Pero UCD, torpemente, dijo que sí, que autonomía para todos. Autonomía para Andalucía, autonomía para Extremadura, autonomía para Aragón ¿Y para Castilla? ¡¡Noooooooo!! Para Castilla no, clamaron los catalanistas. Para Castilla no, exigieron los vasquistas. “Con lo grande que es Castilla, la de diputados, la de senadores, el poder que tendría!! ¿Porque qué podemos esperar de Castilla? Nada bueno, bastante centralismo tenemos ya, y además son culpables de lo de la guerra civil.”
Y como ya se les había llevado la contraria mucho y no convenía cabrearlos más, al fin y al cabo se les necesitaba para consensuar cosas, A.P, U.C.D. y PSOE estuvieron de acuerdo en que era muy importante impedir el reconocimiento de Castilla y la trocearon en cinco regioncillas miniautonómicas de la señorita Pepis, no fuese a ocurrir que los nacionalistas se pusiesen de morros. Total, si éstos no existen desde lo de Villalar, y nunca protestan, y son dóciles, y no se quejan, y nos siguen votando, a cambio nos ganamos a CiU y al PNV.
Así que se extendió aquello del café para todos, si bien para unos era café-café y para otros achicoria. Para unos en porcelana de Sèvres y para otros en el mismo vaso en el que se tomaban las muestras para el urólogo. Bien lavadito, eso sí, que somos muy higiénicos.
Pero aquello empezó a derivar por derroteros muy feos para algunos nacionalistas; en el fondo cualquiera podía decir que tomaba café, algunas comunidades ampliaron sus competencias y hasta tenían la osadía de echarse azúcar y todo. Así que se inventaron lo de las autonomías históricas... Ah, no, nosotros somos históricos, no somos como los demás, con nosotros no podrán, hasta aquí han llegado.... Les dio igual y empezaron a salir comunidades históricas por doquier, todas menos Castilla, claro, que no existía. Que no existe. Que dígale usted a La Rioja que no, que ellos no son históricos, que son capaces de tirarnos a la cabeza las obras completas con estrambote de Gonzalo de Berceo o ponernos San Millán por montera.
Puesto que la cosa no les había salido bien volvieron a reaccionar. Cualquier cosa antes que un cántabro, un extremeño o un murciano fuesen como un catalán o un vasco, no, señor, no. Y reaccionaron. Y se inventaron el plan Malaleche. El plan Malaletxe. Y ahora, el nuevo estatuto de Cataluña en plan nosaltres som una nació, oiga usté. Que aunque haya diferencias entre ambos también hay similitudes, como por ejemplo pretender imponer la reforma del Estado desde una región a todas las demás, que es que no son históricas, las pobres, que ande irán asín, sin Historia ni na. Y es que no pretenderá usted, torpe lector, equipararse en nobleza, títulos, derechos, dignidad y otras zarandajas a un nacionalista catalán o vasco.
Qué quiere, lector, de todas estas cosas me he acordado y algunas otras he exagerado cuando he leído a Maragall decir que ya se le acabó a las Españas exprimirle la teta a Cataluña. O cuando he leído a Carod Rovira decir que con el nuevo estatuto quedará claro que no es lo mismo Cataluña que La Rioja. Se lo juro, se lo juro, ambos lo dijeron.
¿Y Rodríguez? Sonriendo, claro, sonriendo mucho.

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