Palencia es una emoción:

27 abril 2006

CARLOS I (BUENO, NO, V)

Confieso que no terminé de leer el polémico artículo que la semana pasada publicó Diario Palentino con la firma de Jaime Esquete. Viendo el camino que llevaba preferí ahorrarme las tres cuartas partes finales. A todos los que tenemos el atrevimiento de firmar columnas de opinión nos han dejado colgados muchos lectores, a mí el primero, no hay que olvidar que se trata de algo tan subjetivo como la opinión personal de alguien. Los lectores son muy libres de escoger qué página leer y qué página utilizar para envolver el bocadillo. Por otra parte, siempre he pensado que no tiene más razón quien más alto argumenta, quien da más voces “ostentóreas” (Gil y Gil dixit) o quien emplea un vocabulario más contundente y radical.
No podemos juzgar el imperio de Carlos V y la revuelta comunera, tema en el que está muy lejos de mí pretender ser un experto, con los argumentos éticos y morales del siglo XXI, pero hay varias cosas que no entiendo de aquella página de la Historia, empezando por el ordinal que los españoles nos empeñamos en ponerle a este emperador.
Hablando en general y sin opinar de un artículo que no leí, no entiendo cómo para ensalzar España se necesita enaltecer la figura de Carlos I, cuando vino cargado de ministros extranjeros (¿qué país admitiría esto?) y dispuesto a llevarse todo el dinero que pudiera encontrar por campos y ciudades. Está fuera de toda duda que lo último que pensaba era en España, que estaba terminando de nacer en aquel momento (él hablaba de los mis reinos de España), y más bien el centro de su atención lo ocupaba cómo hacerse con nuestros dineros de la forma más rápida y sencilla para convertirse en el cherif de toda Europa, algo así como Bush en el día de hoy. Simplemente del Carlos V que nos enseñaban en las escuelas de mi pueblo al que uno conoce después hay más distancia que entre la España real de Franco y la España imperial que nos querían vender. Desistamos de equiparar al emperador con la imagen, la idea y el sentimiento de España. Nada más lejos de sus intenciones.
Nadie es más español (Si no es una estupidez competir por ver quién es más español o más de Venta de Baños) por pensar de tal manera, no es mejor español el que cierra los ojos a las miserias que tiene nuestra Historia. Pero la ruina de Castilla empezó con Carlos I, que de forma tan poco caballeresca le pagó su apuesta por la creación de España, apuesta que conllevaba necesaria y muy generosamente la renuncia a la propia independencia de 700 años, más de los que lleva unida a España. Y desde entonces soportamos dictaduras que nos hacen emigrar, Gobiernos que conciertan sus decisiones económicas sólo con algunas autonomías, aquellas cuyos gobernantes ponen siempre en cuestión a la propia España, aquellas que se apropian de los “ríos catalanes que nacen en tierras extrañas”, gobiernos que hablan catalán en la intimidad cuando y porque les conviene a ellos, gobiernos como el presente que compromete por siete años el presupuesto de infraestructuras con las regiones más ricas y prósperas. ¿Por qué siempre es Castilla la gran olvidada? ¿Qué mal hemos hecho a España? ¿Parirla?
Y los comuneros... ¿No luchaban por Castilla? Desde luego no luchaban contra España, sino contra el emperador alemán de familia austriaca nacido en Bélgica, sus extranjeros y sus rapiñas. Sin duda entre ellos habría también egoísmos y mezquindades, sin duda tendrían sus intereses particulares... pero luchaban por su tierra, que es la nuestra, por sus hombres, que eran los nuestros, contra los extranjeros y la corrupción. ¿No sería esto suficiente para sentirse orgulloso de ellos desde el punto de vista más “españolista” posible? Que hasta un partido tan poco “dudoso” como el PP lo reconoce homenajeándoles en Villalar, que los más sesudos investigadores hablan de la revolución comunera como antecedente de las revoluciones modernas de las que todos somos herederos.
Y termino apuntando a ciertos tertulianos que en Villalar no se festeja nada, se conmemora.
http://blogs.periodistadigital.com.pedrodehoyos.php

20 abril 2006

ASÍ QUE LLEGUE EL PRÓXIMO LUNES

Uno no deja de asombrarse después de visto, leído y oído en la prensa nacional lo que ocurrió el pasado fin de semana en Euskadi. Uno no dejará de asombrarse mucho más si lo compara con lo que va a pasar en la prensa el próximo lunes.
¿Contaron ustedes cuantísimos minutos de radio y tele, cuantísimas portadas, columnas y comentarios se han referido a la celebración del Aberri Eguna? ¿Han observado ustedes cuántos periódicos abrieron sus ediciones con fotos y reportajes de esta celebración vasca? Les sugiero que tengan, amables y pacientes lectores, la iniciativa de compararlo con lo que va a pasar el próximo lunes, cuando en Castilla y León hayamos conmemorado (no es una celebración, advierto a incautos, no hay nada que celebrar) la batalla de Villalar.
El balance va a ser significativamente doloroso para los castellanos. Cuando llegue el lunes nadie se habrá ocupado de nosotros, comprobaremos una vez más que no pintamos nada en España, ni pinchamos ni cortamos. A duras penas existimos. El lunes la prensa va a dar una exacta medida del peso que tenemos en esta España eternamente inacabada que nos reinventamos cada media generación.
Cuando llegue el lunes, les apuesto café, copa y puro (Sí, puro, siempre contra lo políticamente correcto), a que los periódicos van a dedicar sus primeras páginas a San Jordi y a la costumbre catalana de regalar un libro y una rosa. Lo que no me parecería mal si además algún director de periódico se acordase de Villalar. Ése es el peso político, cultural y económico que nos otorga una España a la que cada fin de semana le viene un nacionalismo a tocar los derechos históricos. Después del largo tocamiento del estatuto catalán han venido los tocamientos libidinosos de los nacionalistas vascos en el Aberri Eguna.
Porque algunos nacionalistas nunca aceptarán que las “regiones españolas” alcancen las mismas competencias y los mismos títulos que ellos. Lo acaban de decir en Cataluña: “Andalucía no puede ser como Cataluña. Si es así tendremos que buscarnos otra cosa”. Años antes ya Pujol y compañía habían puesto otros ejemplos con Murcia y La Rioja. ¿Quién como Cataluña? No resisten que los demás alcancen sus cotas, necesitan ventajas políticas y económicas, y las consiguen siempre Gobierno tras Gobierno. España siempre cede, menos con Castilla.
Todos magrean al Estado. Todos menos Castilla, quizá para no convertir la cosa en un incesto. Pero visto el apoyo económico y político que los propios Gobiernos de España les prestan sólo se me ocurre pensar que le está bien empleado a una España que cede el IRPF, primero el 15%, luego el 35%, luego el 50%, porque el partido del Gobierno correspondiente quiere ser apoyado, a una España que ha hablado catalán en la intimidad sólo porque a Aznar necesitaba unos cuántos votos. Le está bien empleado a una España que ha fomentado la sangría de varios millones de castellanos, que permite alegremente las vacaciones fiscales vascas y navarras, en detrimento de aquellos vecinos que no tienen la “suerte” de poder tomar decisiones económicas de ese calibre.
Mientras tanto pasan los años, cambian las legislaturas y agonizamos en eternos problemas sin solucionar, envejecimiento, despoblación, aislamiento, atraso, Castrovido, San Glorio, el AVE de cartón piedra que nos van a poner, autovías inexistentes... Mientras tanto Udalbiltza viene a celebrar su Aberri Eguna a la provincia de Burgos.
Ni al PP ni al PSOE se les ocurrirá jamás reclamar para nosotros el mismo trato que para catalanes y vascos. Sus respectivos líderes no se van a jugar sus cómodos puestos, siempre preferirán ser cola de ratón, nunca apostarán por ser cabeza de león.
Hablando de ratones... se va a reformar el estatuto de Castilla y León... ¿apostamos a que parimos un ratón?

10 abril 2006

SE NECESITAN CARPINTEROS

Callan cielos y tierra y se detienen a contemplar al Nazareno que asoma bajo el viejo arco románico débilmente iluminado. Él no lo sabe, pero dentro de unos minutos, eternos, angustiosos, va a ser prendido. Por la otra esquina, donde la calle se pierde en el campo, asoma la soldadesca. Rufianes y patanes se vienen dando codazos para animarse, la tarea es sencilla, pero tienen miedo.
El cielo parece presentir que va a ocurrir una tragedia y cierra los ojos para no ver tanto dolor. Pero los secos redobles y las chirriantes cornetas obligan a todos a mantener la atención. Jesús es prendido, calla el cielo y llora sin gemido. Se hunde la Bolsa en todo el mundo. Los pies se arrastran bajo el pesado esfuerzo, el paso se hace más lento y los lamentos van al aire y mueren en el aire.
Jóvenes y maduros, estudiantes engominados de raya ancha y obreros de frente estrecha viven la Semana de Pasión. Piel de gallina, que hace frío y al Nazareno le atan a las calumnias y le azotan la espalda. Sopla el viento y silba el látigo que rasga la piel. No se oye ni una voz. Cofrades y penitentes arrastran cadenas eternas, los tambores enronquecen. Una niña grita que quiere verlo, sus ojos dormidos se abren, redondos, y contemplan el rostro enjuto que teme lo que le espera, que sabe lo que teme. Su mirada, dolorida, se detiene en la niña rubia y pecosa que sorprendida se echa a llorar y pide irse con la yaya. Las elegantes damas pasean magníficas sus galas, espléndidas sus peinetas, soberbias sus mantillas.
Al otro lado, en la avenida principal, suena un tubo de escape libre, Judas se asusta, fuma con desasosiego y piensa en el suicidio. El Nazareno, preso del furor, preso del temor, marcha con la cruz sobre sus espaldas y a su lado cruza un viejecito con paso lento y el Parkinson a cuestas. Tres o cuatro mozos que han salido de un bar riendo en tropel tienen que hacerse a un lado para evitar que Jesús los arrolle en su caída. Todo el mundo se para a ver y la niña pregunta que qué ha pasado, mamá. Un cofrade orondo y satisfecho de la vida, descalzo y cargado de cadenas de oro pone una mano sobre el hombro del caído y le dice con gesto imperativo que vamos, vamos, que hay que llegar al Ayuntamiento a las diez.
En la Plaza Mayor vuelven los penitentes, vuelven las cruces a cuestas. Pasa el Alcalde con el bastón de mando y circula la banda de cornetas que reemprende el camino. Vuelven los cirios a pasar, temblando, asustados de que una brisa siegue sus vidas. De nuevo los pies descalzos. De nuevo las heridas, de nuevo el silencio. De nuevo las mentiras, de nuevo el fingido respeto. Sabe el Condenado que el camino es largo y agónico, sabe que la tártara tortura espera, sabe que la muerte acecha detrás de la última esquina de la Calle Mayor. Sabe.
“El Caribe es tu pasión” reza el cartel que el Reo alcanza a ver en la agencia de viajes, Calle del Generalísimo 65, un instante antes de que le den una patada por haberse vuelto a caer. El asfalto está frío y huele a neumático y alcantarilla. Alguien sale de la acera de espectadores y se dirige al Caído. Un hombre con barba cana, regordete y calvo enjuga la sangre y el sudor del rostro del Condenado. Se arrodilla ante Él, se quita un sombrero un tanto cursi y le ofrece un paño. El rostro del Señor queda impreso. A ambos lados de la calle el público, mezcla de religiosidad y folcklorismo, se divide en partidarios y opositores, todas las primaveras pasa lo mismo. Un soldado aparta de un empujón al intruso y la comitiva reinicia el camino.
Al final está el viejo Monte, todo acabará en él. El verde oliva de la banda de la Cruz Roja redoblará sus esfuerzos y a una señal brillan súbita y fugazmente las cornetas que entonan un tétrico lamento. Tras ellas sólo se oyen sibilantes plegarias dichas con disimulo, no sea que nos vean. Una mujer rompe a llorar. Debe ser la Madre y no encuentra consuelo. Al fondo una pareja de novios se da el pico indiferente y piensan en la peli de esta tarde. Acaban de volver de Benidorm y todavía les escuece la espalda.
No se necesitan extras para clavarle en la cruz, se entrega mansamente, resignadamente, sumisamente, tercamente. No intenta la humana fuga del inhumano suplicio. Algún coche se ha dejado la radio puesta y suenan bárbaras canciones. No hay gritos, sólo refrenadas muestras de sufrimiento. La cara retorcida, una contorsión en cada martillazo, los ojos oprimidos, la frente arrugada.
Por fin llueve, los cielos se abren y un diluvio efímero descarga sobre la multitud que se disuelve precipitadamente. Se marchan los capirotes, se pierden en la oscuridad. Desaparecen mantillas y peinetas. Se va el Alcalde. Han traído un camión grúa para levantar la cruz. Callan cielos y tierra y se detienen a contemplar al Nazareno que va a expirar. La niña rubia espera dormida en el coche a que su padre vuelva con las tenazas y el martillo. Todo ha terminado y alborea el nuevo día. Abajo, en la ciudad, en la ETT un papel mal rotulado pregona que en Nazaret se necesitan carpinteros.
Es Semana Santa en Castilla.

06 abril 2006

ESE DÍA DEL MES

Todos los meses tengo miedo de que me llegue ese día, pero puntual, irremediable e inexorablemente me llega todos los meses. Llevo casi dos años soportando esas molestias e incomodidades una vez por mes. Hoy miércoles me ha vuelto a llegar. Y se lo voy a contar a ustedes.
Misanta cada cuatro o cinco fines de semana se me va a casa de su madre. Y se me va en autobús. Y desde hace muchos años una semana antes reservamos la plaza en la compañía de autobuses Alsa-Enatcar. Hasta hace un par de años no habíamos tenido problemas. Llamábamos, reservábamos la plaza y el viaje estaba asegurado para el día y la hora oportunos. Pero el signo de los tiempos modernos a lo Charlie Chaplin impuso que hace unos dos años la empresa de autobuses suprimiera la atención personal sustituyéndola por una máquina de reconocimiento de voz, que no cobra ni pide la baja. Y no vean la que se monta en mi casa cuando me llega ese día del mes.
Cuando se acerca la fecha Misanta empieza a hacerse la zalamera, me llama cariño y me dice lo bien que me sienta el vaquero y otras barbaridades y disparates que me recuerdan a los tiempos de novios: “Anda, si llamas tú te hago eso que tanto te gusta....”. Y yo me niego y exijo que llame ella. “Anda, que sí, llama, que te lo hago dos veces”. Y ahí me pierdo y cedo, con los nervios de punta, cedo. Siempre. En cierta ocasión me prometí que algún mes conseguiré que sean tres veces, pero hasta el momento siempre he cedido cuando se comprometía a hacerme arroz con leche dos días al mes. Todos los meses acabo por ceder y medio engañado y medio convencido llamo a la empresa de autobuses. Y entonces empieza todo, entonces empieza el rechinar de dientes, el morder uñas y el mesarme las barbas.....
Llamo, el androide me da los buenos días, yo no saludo, faltaría más, y me pregunta que qué quiero. “Pues comprar un billete” espeto inquieto por darle conversación a una máquina. “¿Desde dónde?” me demanda. Desde Palencia, añado. Y luego viene un torrente de preguntas: “¿A dónde? ¿Qué día? ¿A qué hora?” Yo voy y contesto cortésmente a cada una de las mecánicas preguntas. Al final la muy autómata va y me suelta que desde Valencia hasta ese destino no tienen ningún autobús. Mecagüenlapajoleramáquina, joer. Primero, que yo no he dicho Valencia, pero aunque así fuera, y segundo, ¿a qué ha venido tanta inútil pregunta posterior? Y vuelta a empezar, coñe. Empiezo con la uña del pulgar izquierdo. Yo enfatizo la explosiva “P”, tratando de alejarla de la fricativa “V”. Y la máquina que se niega otra vez... pero después de repetirme todas las innecesarias preguntas subsiguientes. Y vuelta a empezar por tercera ocasión. Por fin me digo que me esforzaré en pronunciarlo vulgarmente y ¡Premioooo! La tonta del bote entiende si se le pronuncia mal!!!! Dejo el meñique izquierdo a medias.
Para ese momento Misanta ya hace rato que ha empezado a ir y venir retorciéndose las manos. Inquieta, se sienta a mi lado y se vuelve a levantar casi inmediatamente. “Miraquetodoslosmeseslamismahistoria”. Pero no hemos terminado, ahora la voz mecánica me exige el carné de identidad. ¡A mí me va a pillar! Bien listo que lo tengo, y voy diciendo bien cuidadosamente cada uno de los dígitos, que estoy seguro de que tienen entrenada a la maquinita para que me llame zoquete si me equivoco. Pero seguimos, la robótica cinta de voz todavía no está satisfecha y va y me pide los números de la tarjeta del banco (Hace meses llegado este punto tenía que salir corriendo al cuarto de estar a buscar mi chaqueta, pero ya me pillan entrenado) Y se los leo. Uno por uno, sin equivocarme.
Hemos terminado, por fin puedo relajarme. ¿Hemos terminado? ¡¡Noooooo!! Ahora la insaciable máquina me exige también la fecha de caducidad de la tarjeta.... Joé, pero dónde la he puesto... si la acabo de dejar aquí... Qué susto, coñe, debajo del teléfono se había escondido.... “¿La fecha de caducidad? ¿Pero dónde pone eso? Ah, sí, debe ser esa letra tan pequeña que viene ahí. Oiga, que tengo los años que tengo y eso ya me cuesta verlo. Además el plástico de la tarjeta deslumbra y... espera a ver...” La máquina se impacienta y empieza: “¿Eh?, lo sentimos, no hemos entendido”. Coño, que te esperes, que estoy buscando las gafas de cerca....
A estas alturas la familia ya se empieza a concentrar alrededor de mí. No sé que me molesta más, que se rían de mis apuros o que me compadezcan. Todos los meses. Pero al fin y al cabo he conseguido leer la fecha esa, con dificultades, pero lo he conseguido, ahora sí que puedo relajarme. La puñetera voz metálica empieza a leerme todos los datos, día, hora, precio. Cuando doy mi conformidad empieza a leerme el localizador. ¡¡Leches!! El localizador, otra vez el localizador, busca un boli, un boli, que tengo que apuntar el localizador. Las palabras son mágicas y toda la familia salta compulsivamente a la caza y captura de cualquier elemento escribidor. Cajones, armarios, el revistero, el bolso de Misanta, los bolsillos de mi pijama... No hay manera, mire usté, no aparece un bolígrafo, al muy puñetero no se le pone en las narices hacerse presente.
Y la tía mema de la cinta sigue en sus trece, empeñada en repetirme, quieras que no, el puñetero número localizador, no hay manera de que se espere. A la tercera se cansa, se despide y me deja sin localizador y sin saber si Misanta va a poder irse o no. Me dice que me pasará con un agente, pero pasa el tiempo y una y otra vez me repite, tan mecánica, tan metálica, tan pesadamente como siempre, que todos los agentes están ocupados, que llame más tarde.
Así que vuelvo a llamar, tengo que hablar con un ser humano, alguien que pueda esperar si tengo que buscar un boli, un papel o si me cuesta leer la fecha de caducidad, alguien que me de el puñetero localizador ahora que ya tengo bolígrafo. Intento confundir a la cinta, haciendo extraños ruidos guturales cada vez que me pregunta el origen, el destino o la fecha de mi supuesto viaje. Si la vuelvo loca quizá el sistema dé paso a un empleado... Pero esta máquina se las sabe todas y sin más se despide y cuelga. Sigo sin solución, sigo con el problema, vuelvo a llamar.
Abrevio, lector, que no quiero cansarle más.... Vuelvo a llamar, ahora consigo engañar a la máquina y al cabo de un largo rato hablo con alguien. Con Alguien. La familia aplaude, entusiasmada. Explico lo del localizador y me empieza a preguntar otra vez todos los datos del viaje, origen, destino, día, hora... Su voz suena cálida pero no consigue darme el localizador, imposible, no lo encuentra. Intuyo que debe ser alguna empleada nueva, tal vez una eventual contratada por la previsible avalancha de viajes en Semana Santa, ya próxima. En lugar del quisquilloso localizador me suelta una avalancha de datos... “Largo recorrido... 902... Central de reservas...” Que con eso me vale, dice, que me las arreglaré. He terminado con todas mis uñas.
Los aplausos de mi familia se han tornado en abucheos, me siento humillado. Un soplo de inspiración hace que solicite un teléfono de reclamación.... Vuelvo a llamar, otra vez más, cuento mi historia, la señorita me escucha pacientemente y dice que trasladará mi queja... Estoy seguro de que no valdrá de nada.
En RENFE ya habríamos llegado.

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