Palencia es una emoción:

04 noviembre 2012

Madrid Arena, responsabilidad social


No sé si debo empezar por aclarar públicamente mi pesar por la muerte de cuatro jóvenes en la celebración de Halloween en Madrid. Es una tragedia que los demás vivimos sólo intelectualmente, porque somos conscientes de lo doloroso que es, pero no sufrimos íntimamente al no pertenecer al círculo familiar o social de los afectados.

Cualquiera, yo mismo, mis amigos o vecinos, podría haber tenido ahí a un hijo. Sé que otras plumas más afamadas que la mía lo han dicho ya, pero no puedo evitar preguntarme si no hay también una responsabilidad de los padres y sobre todo una gran responsabilidad colectiva, general, de toda la sociedad actual.

Hay padres responsables, culpables y responsables, por permitir que sus hijos, menores o mantenidos bajo la tutela paterna,  acudieran a esos “fiestones” desproporcionados, en los que el alcohol corre generosamente sin las cautelas que despiertan otras drogas que, sin duda, también se suelen consumir en esas ocasiones. Pero también hay otros padres que, no siempre culpablemente, admiten que sus hijos acudan a esos lugares a sabiendas del peligro que supone la aglomeración de gente y la relajación del ambiente en cuanto a alcohol, drogas o relaciones sexuales… porque no tienen más remedio. Y sé que muchos lectores admiten el peligro relativo al alcohol pero por el simple hecho de haber aludido a las relaciones sexuales esporádicas e intrascendentes ya me están calificando de carca, retrógrado o franquista. Lo admito, admito creer que no es bueno que las relaciones sexuales ocasionales y baladíes sean buenas para el desarrollo emocional y humano. Mea culpa.

Pero los padres no siempre pueden oponerse al sentido de la marcha de la sociedad. Esa sociedad que entre todos hemos construido admite que el alcohol es malo y persigue y castiga su uso por menores o su abuso por cualquiera, aunque a veces asome una sonrisa de comprensión y complicidad. Pero al mismo tiempo admite que los jóvenes pueden salir hasta altas horas de la noche, casi sin límite horario y sin excusa necesaria; esa misma sociedad (la española en este caso) ha legislado aceptar una edad de consentimiento sexual de las más bajas de Europa, riámonos de suecos o daneses; esa misma sociedad entiende que los jóvenes deben gastar tanto dinero como el que más de sus amigos, (¡qué dirán del pobrecillo si no tiene dinero para gastar!) y acepta que a los jóvenes no se les debe reñir o castigar (¡represor, fascista, autoritario!) y que los jóvenes están cargados de derechos, pobrecillos, sin que apenas se les hale de deberes.

¿Cómo puede un padre cualquiera de los chavales que acudieron al Madrid Arena oponerse individualmente a la presión total de una sociedad, española y occidental en general, que ha llenado de derechos a los chavales, eliminando de sus espaldas cualquier sentido de la responsabilidad? ¿Cómo pueden los padres cuyos hijos acudieron a ese u otros festivales oponerse con firmeza y reiteradamente, un fin de semana tras otro, a la hedonista marcha social? La lucha es de cada individuo contra el resto de la sociedad, es pues una lucha desproporcionada e injusta, que acaba siempre con la derrota del individuo frente a la colonización cultural del grupo social en el que se vive.

Y ahora, si ustedes quieren, hablemos de crisis económica, de la corrupción de algunos políticos, de la inmoralidad de los desahucios, de la decadencia social, de la ruina monetaria, de la obscenidad de una sociedad con el 25% de sus trabajadores en el paro. ¿Quiere alguien explicarme que la crisis de valores de nuestra sociedad no empezó cuando voluntariamente renunciamos a trasladar a las nuevas generaciones algunos valores éticos tradicionales? ¿Tradición? ¡Ah, otra vez el carca, retrógrado y fascista! ¡A la hoguera con él!

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