Palencia es una emoción:

31 enero 2006

I HAVE A DREAM

Salamanca, principio de los cuarenta. Enero. Hiela. Las calles están llenas de euforia, los vencedores lo llenan todo. Sus canciones resuenan sobre el puente romano, sus marciales desfiles retumban sobre el asfalto, sus estandartes todavía se enseñorean de la ciudad. La niebla sube desde el Tormes y lleva varios días sin levantar pero Joaquín Santiz ha decidido enfrentarse al frío. No le queda más remedio, enfundados sus pocos años en un raído abrigo cruza apresurado y cabizbajo la Plaza del Mercado Viejo y se acerca precipitadamente a la calle Tentenecio. Por un instante duda pero al final gira y se dirige a la Calle de Gibraltar.
Calle de Gibraltar. Lo que hasta hace bien poco había sido cuartel general de Franco está sólo a unos cuantos metros. Hay soldados por todas partes. El Colegio de San Ambrosio se yergue en medio de la bruma. Joaquín se para ante el vetusto edificio al que se está llevando toda la documentación que los vencedores han ido requisando a los derrotados. Ante la puerta principal un camión acaba de dejar caer varias sacas y el soldado de guardia devuelve los permisos al conductor, que acelera y desaparece en medio de un petardeo.
A Joaquín no le dejan entrar, es sólo un crío pero es sospechoso. Todos los españoles son sospechosos, los niños también. Por fin convence a alguien de que sólo quiere entregar a su padre un bocadillo y café caliente. Dentro hay cierto alboroto, hay voces y muchas idas y venidas. En las últimas semanas menudean las llegadas de sacas y sacas de cuyo contenido se habla en voz baja. Hace casi tanto frío y tanta humedad como en la calle.
Por fin encuentra a su padre, en una sala cualquiera, inclinado sobre una mesa, con un montón de papeles viejos ante él. La mañana sigue siendo sombría y gris, apenas hay luz y el padre nunca tuvo buena vista. Tose. Tose con frecuencia y cuando lo hace se lleva las manos al pecho. Antes de ver a su hijo se levanta varias veces, coge alguno de aquellos papeles, lo observa al trasluz, se sienta y lo deposita con cuidado ante sí. A su alrededor hay más fardos y sacas como las que el niño vio a la entrada. Abandonadas, sucias, malolientes, ennegrecidas. Algunas, manchadas de barro, tienen moho y parecen haber estado bajo la lluvia largo tiempo.
Joaquín da un beso a su padre, le saluda y le entrega el café. El café bien caliente es imprescindible en aquellas gélidas estancias. El niño -café y bocadillo, café y bocadillo- hace varios viajes a lo largo del día mientras su padre trabaja con los miles de documentos que el victorioso ejército de Franco ha acumulado allí. Alguien tuvo la megalómana idea de perseguir a todo españolito que algún mal día hubiera tenido el menor trato con los rojos, los enemigos de España, los malditos republicanos vendidos a Moscú. En aquellas cartas, censos, listas e informes estaban todos. Nadie se podía escapar y tarde o temprano la España nacional, la heredera del Imperio, Una, Grande y Libre, haría justicia. Su justicia.
El padre de Joaquín y varios desheredados más estudian y clasifican aquellos documentos sumidos en las peores condiciones. El trabajo es inmenso y es imposible prever su fin. Años pasarán en los que aquellos hombres, siempre en penosas condiciones, cuidarán con esmero aquel pozo de información sobre la más negra Historia de España. Lo cuidarán incluso poniendo en riesgo su libertad o su vida. Saben que hay muchos interesados en deshacerse de tanta información delicada. Los hay que desearían mandar al infierno tantos papeles que demuestran que existió la República, que manifiestan a las claras una España podrida y entregada al comunismo internacional, una España cuya existencia quisieran poder negar a sus hijos. Pero también los hay que venderían su alma por deshacerse de una información que les compromete personalmente, hay mucho camuflado en el bando nacional, gentes que apremiadas a sobrevivir levantan ahora con entusiasmo una palma de la mano que antes levantaban bien cerrada y apretada, que darían buena parte de sí mismos por ocultarlo. Todo por la vida, todos interesados en buscar la ruina de tanto dato preciso, de tanta información comprometida que puede arruinarles el futuro.
El padre de Joaquín luchará por evitarlo, usará estratagemas, buscará influencias, presionará, rogará e incluso se humillará por mantener a salvo aquella información todavía viva y rigurosa de una Historia todavía sangrante. No está solo, hay muchos con él ayudando a poner orden en aquella marabunta de datos. Los hay que sólo tratan de ganarse honestamente el pan de cada día en medio de una España revuelta, vengativa y acostumbrada a pasar hambre. Hay presos obligados a hacer de nuevo un servicio militar que ya habían cumplido con creces en el bando republicano, algunos que huían a Francia en el momento de ser capturados en los bosques de Gerona y devueltos al interior, entre ellos algunos republicanos catalanes que, antes que picar piedra, han podido redimir penas traduciendo al castellano los documentos incautados a la Generalidad. Ante el previsible asalto, incendio y destrucción del Colegio de San Ambrosio muchos de ellos se quedarán a dormir allí mismo para protegerlo con sus vidas. Joaquín acudirá con frecuencia, llevando café, comida, tabaco o medicinas a su padre. Le verá trabajar de sol a sol, pasando frío, penalidades y enfermedades. Le verá luchar y rebelarse, le verá ceder y someterse, le verá pasando frío, mucho frío, y calor. Le verá morir.
Ahora que han pasado más de sesenta años, ahora que ya es viejo, tiene siempre en su memoria historias para contar a sus nietos. Historias que parten del amargo sentimiento de derrota que emanaba su padre, secreto pero convencido republicano, y, pasando por la desolación, el frío y la humedad del Colegio de San Ambrosio, llegan hasta el mimo y cariño con que siempre trató aquella comprometida documentación.
Tiene Joaquín grabada en su cansada memoria muchas vivencias de su padre y sus compañeros. Los recuerda planchando –sí, planchando, con aquellas planchas de entonces- con extrema atención unos documentos que habían sido amontonados sin criterio en sacos rotos, despreciados y trasportados de cualquier manera, olvidados bajo la lluvia y recuperados más tarde. Los recuerda muy especialmente trabajando con guantes para protegerse del frío invierno salmantino, pero con las yemas de los dedos asomando necesariamente por los extremos porque el tacto era imprescindible para trabajar delicadamente con aquellos pedazos de historia miserablemente tratados por sus captores. Los recuerda cubriendo aquellos papeles con láminas de cera para facilitar su conservación. Aquellos salmantinos trabajaron con ahínco y dedicación durante muchos años para que no se perdieran esos valiosos trozos de la historia que ellos mismos, como todos los españoles, habían protagonizado unos cuantos años antes.
Desde su ventana de la salmantina plaza de Barcelona –un regalo de la ciudad castellana cuando Maragall fue alcalde de la capital de Cataluña- ha visto a muchas promociones universitarias dispuestas a beberse la ciudad para, unos cuantos años más tarde, salir a comerse el mundo. En este tiempo la plaza mayor, orgullosa y ecléctica, ha cumplido 250 años. La piedra de Villamayor, impertérrita y altiva, sigue recibiendo las caricias del recio sol castellano mientras al otro lado, sereno y resignado, el Tormes nunca ha detenido su curso bajo el puente romano. Joaquín lee por tercera vez el periódico del día. Habla del regreso a Barcelona de aquellos documentos que su padre y algunos salmantinos más rescataron y cuidaron con tanta delectación, facilitando su llegada a la posteridad.
Cansado por el paso de los años y enriquecido por la serenidad que da la experiencia, tiene dando vueltas en su cabeza la frase que Unamuno dijo a Millán Astray el doce de Octubre de 36 y que utilizada por el PP preside desde cientos de vallas las entradas a todas las ciudades de Castilla y León. Es de los pocos que todavía recuerda que de aquel “Venceréis, pero no convenceréis” fue testigo el Obispo de Salamanca, Pla i Deniel, catalán y franquista, quien además de ofrecer su palacio a Franco como cuartel general, y durante la guerra residencia de Carmen Polo, jamás se enfrentó a nadie para evitar un solo fusilamiento.
Joaquín suspira y se duerme. Se duerme y sueña. Sueña que Maragall agradece a Salamanca, a su padre y a quienes a él se unieron, cuantos desvelos y sacrificios prodigaron en la defensa de aquellos documentos que tanto estorbaban. Sueña que Maragall y Joan Clos, reconocidos a los salmantinos, dedican en Barcelona una plaza a la capital charra, a cuya inauguración asisten también Juan Vicente Herrera y el alcalde de la ciudad castellana. Sueña que éste aprovecha para anunciar a la prensa con el bombo y platillos natural de los políticos, que piensa dedicar todos sus esfuerzos a recuperar los documentos de la guerra civil propios de Salamanca que, oh, paradojas, están archivados, guardados y puestos a buen recaudo en Ferrol.
Del Caudillo, naturalmente.

29 enero 2006

PONGAMOS QUE SOÑAMOS, PONGAMOS QUE MENTIMOS

Pongamos que la Transición, tantas veces alabada, se hubiera hecho de otra forma; pongamos que los grandes partidos de entonces, Alianza Popular, PSOE y UCD, no hubiesen decidido partir a Castilla en cinco autonomías diferentes; pongamos que Cantabria (Santander, puerto de Castilla; Reinosa, adelantada de Castilla en el mar), La Rioja (cuna del Castellano y no del “Riojano”) y Madrid y las actuales Castilla y León y Castilla-La Mancha fuesen una sola autonomía. ¿Creen ustedes que los papeles del Archivo Histórico de la Guerra Civil se habrían movido de Salamanca? ¿Creen ustedes que Carod se habría atrevido a reclamar nada? ¿Alguien cree que el Gobierno habría enviado a 100 GEOS para sacar las puñeteras cajas a las seis de la mañana?

Pongamos que mentimos, pongamos que soñamos. Pongamos que aquellos partidos hubiesen defendido con seriedad a los castellanos; pongamos que Felipe González, Fraga y Adolfo Suárez, cada uno según su responsabilidad, no hubiesen cedido irresponsablemente ante las presiones interesadas de Pujol y Arzallus, pongamos que Castilla entera fuese una región autónoma más, al mismo nivel que cualquiera otra, con diecisiete provincias, diputados, senadores y votos para poder defender nuestros intereses. ¿Con quién tendría que negociar entonces el Gobierno para ser apoyado? ¿Ante quién tendría que ceder? Pongamos que el poder, la fuerza, la economía y los votos de estas diecisiete provincias pesasen en la organización actual del Estado, pongamos que pintásemos algo en España. ¿Creen ustedes que Zapacero habría aceptado blindar por siete años las inversiones en Cataluña? Por cierto... ¿De qué inversiones en qué otra región, se van a detraer esos miles de millones? ¿Quién va a pagar esas inversiones en Cataluña?

Pongamos que aquellos legisladores no se hubiesen inventado para los castellanos unas autonomías de la señorita Pepis para contentar a PNV y CiU, pongamos que tuviéramos una Castilla organizada en una sola autonomía, ¿saben dónde estaría ahora metido Carod? ¿Creen ustedes que Zapacero iba a reformar el Estado sin contar con nosotros y nuestra opinión? ¿Creen ustedes que Zapacero podría tomar las decisiones que ha tomado tan alegremente? ¿Creen ustedes que a estas horas andarían frotándose satisfactoriamente las manos quienes se las están frotando? ¿Creen ustedes que Maragall, el de la doble moral, podría imponernos su concepción de España, perdón, del Estado?
Pero pongamos que nuestros actuales representantes políticos se entregaran a sus provincias, pongamos que PP y PSOE pensaran en nosotros, ciudadanos de Castilla, antes que en sí mismos y sus partidos, pongamos que todos fueran como el dimitido portavoz del PSOE en la Diputación de Ávila. Y pongamos que los votantes no nos dejáramos engañar tan ingenuamente, ¿creen ustedes que hubiera salido adelante una reforma económica que hace más ricos a los más ricos y más pobres a los más pobres? El que no llora no mama, toma justicia social, toma justicia socialista, toma talante.

Pongamos que los partidos que nos representan prefirieran amparar a los ciudadanos, pongamos que soñamos, pongamos que mentimos, en vez de amparar la voz de su amo. ¿Creen ustedes que el partido en el Gobierno –fuera el que fuera- iba a llegar a acuerdos en reuniones nocturnas, secretas, sin luz ni papeles, sin tener en cuenta nuestras necesidades y nuestros votos? ¿Creen ustedes que alguien se iba a atrever a reformar el Estado sin contar con nuestra opinión? ¿Creen ustedes, amables y pacientes lectores, que el PSOE se dedicaría a crear un Estado asimétrico, insolidario e injusto, mientras nuestros diputados socialistas silban y miran para otro lado?

Pero en Castilla no hemos aprendido a llorar, no hemos aprendido a mamar. Eso sí, lamentarnos se nos da muy bien, lo tenemos muy ensayado. No escarmentamos, oiga. ¿O sí? Pongamos que soñamos.

19 enero 2006

500 PUÑETERAS CAJAS

Hace menos de dos horas que se ha iniciado el tan traído y llevado traslado de las puñeteras cajitas del Archivo de Salamanca. De nada han valido los bolardos ni la policía municipal con que el alcalde de la ciudad había intentado impedir el paso a la sede del Archivo más famoso de España, más famoso que el de Indias o el de Simancas. Pasar o no pasar, ésa parecía ser la cuestión.
Tenía tanta prisa el partido que sustenta el Gobierno que no ha podido esperar a las decisiones judiciales todavía pendientes. Sean cuales sean éstas se trata ya de un hecho irreversible. Decidan lo que decidan los jueces, insisto, ya será tarde. Carmen Calvo había asegurado que las cajas saldrían «aunque sea del brazo». Quien manda manda. Y en Salamanca que se jodan.
La verdad es que no hacía falta ser muy lince para saber lo que iba a ocurrir, el mismo PP llevaba semanas diciéndonoslo desde todas las vallas publicitarias de España: “Venceréis pero no convenceréis”. Lo tenemos claro en Castilla, oiga, y a ver qué cara se nos pone cuando Maragall sonría a miles de flases, alce los brazos y grite ante miles de micrófonos: “Ya están aquí”. Eso si no prefiere decir “Ya hemos pasao”, que sería algo que vendría muy a cuento. Muy a cuento revanchista.
¿Por qué los castellanos nos hemos quedao con el sambenito de ser los culpables de la guerra civil, culpables de la dictadura y grandes beneficiarios de ambas? Ni que por aquí no anduviéramos desenterrando a nuestros “paseados”, ni que nuestros pueblos, campos y ciudades desbordaran de beneficio económico, desarrollo industrial, pujanza cultural e influencia política. ¿O en Cataluña, País Vasco o Galicia no había franquistas empedernidos? ¿José María de Porcioles, Juan Antonio Samaranch eran castellanos infiltrados que se habían catalanizado el nombre?
Pero me estoy yendo de las calles de Salamanca a otras cosas. Sea como sea que un hombre de León decida “devolver” a Cataluña “sus” documentos debería valernos para expiar nuestros pecados y ser perdonados en una o dos generaciones. Porque ha sido un presidente de Gobierno nacido en Valladolid (joé, encima nacido en “Fachadolid”, oig), quien se ha empeñado en ello. Sería como si el primer ministro griego tomara la decisión de repartir por el mundo las columnas del Partenón, o el ministro egipcio de Cultura decidiese repartir sus más antiguos obeliscos por todas las plazas “de la Concordia” que en el mundo son.
Pero los castellanos deberíamos recordar por qué se van unas cajas de las que en otras circustancias jamás habríamos oído hablar y a las que el alcalde de Salamanca jamás habría defendido si las conveniencias políticas fueran otras. No, no se van por un acto de justicia. Según eso miles de obras de arte emprenderían un incesante vaivén por todo el mundo y todos los grandes museos se quedarían vacíos en cuestión de meses. (Y los pequeños también, por ejemplo el Museu Marès)
No, no, el Gobierno no lo hace por afán de Justicia. Lo hace por votos, esas cajas son parte del precio del apoyo al PSOE. Esto pasa exclusivamente porque en Cataluña tienen unos partidos políticos que defienden sus intereses y nosotros tenemos al PP y PSOE para ¿defender? Los nuestros. Es un acto partidista lo que provoca que esas cajas se vayan de Salamanca. Ésa es la ofensa, es un acto del PSOE que nos gobierna, no un acto neutral. Es un acto del Gobierno, no un acto de gobierno. Es pues al PSOE, que paga a Maragall y a Carod con lo que no es suyo, a quien se deben exigir responsabilidades. Cuando Maragall, el de la doble moral, se exhiba triunfante, cuando se abrace a Carod, cuando alce los brazos, debemos pensar en quién se lo ha dado y por qué. Cuando diga que por fin se hace Justicia a Cataluña querrá decir que por fin Zapatero paga a los catalanistas para seguir en el machito.
Y mientras tanto Castilla con estos pelos despoblados, envejecidos, expoliados, desindustrializados y emigrados. Nos está bien empleao.

13 enero 2006

EN ESTE BLOG SE PERMITE FUMAR

Ya sé que muy probablemente usted está de acuerdo con la actual ley antitabaco, según las encuestas hay una alta probabilidad de que así sea. Yo no, usté perdone. Y conste de que no soy fumador, al menos no soy un fumador al uso. Lo hago muy de tarde en tarde, muy poco y casi siempre cuando estoy al aire libre, en pleno campo. Y generalmente solo, para más inri. Pero me molesta sobremanera que el Gobierno se empeñe en regular hasta el más mínimo aspecto de nuestra vida. Usté disculpe, señor lector, pero me falta libertad. Me molesta que a los gobiernos les guste tanto prohibir. ¡Qué dirían algunos si esta ley la hubiera sacado adelante un gobierno del PP!
Estoy convencido de que los gobiernos, todos, no sólo éste que padecemos tan calladamente, se exceden en el control de los ciudadanos. Es algo que les encanta, convertirnos en súbditos, no en ciudadanos, regular nuestros derechos, regular nuestras libertades. Se pasan, estoy convencido. Y más en España, país del péndulo. Pasaremos de ser el país más anárquico de la Unión Europea al más.... puñetero. Lo que nos gusta ir de extremo a extremo. Oiga, que ya no podemos salir a la calle sin temer que allá donde estemos haya una cámara vigilándonos. De bancos, de tráfico, de seguridad. Interiores y exteriores. Me asfixio, conste. Se han empeñado en defendernos de nosotros mismos, en defendernos aún en contra de nuestra propia voluntad.
Al mefistofélico gobierno de Rodríguez no le bastaba con regular el consumo de tabaco en los edificios propiedad de la Administración, el transporte público, los hospitales. Necesitaba modificar costumbres que se desarrollan en el ámbito de propiedades privadas. Me gustaría pensar que tanta ley, tanto mandamiento es anticonstitucional, que el Gobierno y los parlamentarios que en esta malhadada hora le han apoyado se hayan columpiado olímpicamente. Espero con enorme anhelo que el gobierno pronto regule el consumo de bebidas alcohólicas no ya sólo entre los jóvenes (Ríanse ustedes de las actuales leyes, infringidas cada fin de semana, incluso ante los agentes de la Ley, y no hablo sólo de la multitud de “botellones” de cualquier ciduad) sino entre personas de cualquier edad. El alcohol es mucho más peligroso y dañino que el tabaco, urge su regulación. ¿Y qué me dicen de tanto edulcorante, conservante, antioxidante y emulsionante que pueden ser potencialmente perjudiciales para nuestra salud y que consumimos tan confiadamente? Ah, y el café. Que no se nos olvide el café. Se debe prohibir el café, causante de tantas subidas de tensión, de nervios y de pérdidas de productividad laboral. ¿Y el cocido madrileño? ¡Con lo que sube el colesterol!
¿A qué espera el muy demócrata gobierno de Zapatero para prohibir blasfemar en público? Si Zapatero pretende defender a las minorías indefensas ahí tiene un buen camino. No es sólo una cuestión de buen gusto y de educación, sino también de respeto, coño. ¿Llegará el día en que se prohíba entrar en un local público a quien tenga la gripe, que puede contagiar a quien esté a nuestro lado? ¿Y al que lleve un par de días sin ducharse? ¿Y al que se muerda las uñas? ¿Para cuándo una policía específica, secreta, por supuesto, que nos persiga cada vez que salimos de casa?
Deseo que llegue el momento en que este gobierno y los que le sigan se dediquen a gobernar y ya puestos que se planteen en serio prohibir los millones de petardos que han estallado estos días en todas las calles de España, que se dediquen a perseguir al imbécil que pone la televisión para que la oigan sus vecinos, al troglodita del discobar de ahí abajo y al ignorante que cree a las tres de la mañana que es más machote el que más chille. ¿Por qué exigir respeto y educación da menos votos que prohibir el tabaco? ¿Por qué el Gobierno, todos los gobiernos, incluidos los municipales, no tienen la necesidad de perseguir con la misma saña a todos los dueños de los perros que pasean libremente por las ciudades? ¿Qué es más peligroso, un mordisco de perro o una furtiva calada?Es fácil, se ponen unas cuántas cámaras ocultas entre los árboles de los parques y ya está.

06 enero 2006

Podíamos aprender

Ahora que los papeles de Salamanca están irremisiblemente perdidos; ahora que Maragall, el de la doble moral, va a montar un guateque cojofiestonudo para recibir la parte del Archivo que se nos llevan; ahora que a los complejos y la debilidad del PSOE se une la torpeza, la ceguera y el partidismo del PP podíamos aprovechar los castellanos para ver cómo se consiguen las cosas en política y reclamar lo que es nuestro. Podíamos aprovechar para aprender.
Escarmentando se aprende, o la experiencia es la madre de la ciencia. Esta vez (gracias, Zapacero) la cabeza de turco la seguimos poniendo los castellanos, que a ver dónde nos metemos cuando las carcajadas de Carod y los vapores etílicos de Maragall lleguen hasta el Duero. Aprendamos de cómo se organizan otros para conseguir sus objetivos. ¿Qué tal si un día nos organizamos, nos inventamos un partido que agarre al Gobierno central por donde más duele y le exija que se nos devuelvan los tres millones de emigrantes que el Franquismo y la predemocracia nos llevaron? Echemos un vistazo a las guías telefónicas de Cataluña y del País Vasco: Hay más Pérez que Etxebaleta y más Campos que Castell. Que nos los devuelvan. A todos.
¿Qué hemos conseguido hasta ahora votando a los de siempre? ¿De qué nos sirve un PP que al final habla catalán en la intimidad cuando su amo se lo ordena? ¿De qué nos vale un PSOE entregado de pies y manos, pantalones en los tobillos, a sus centuriones romanos? En Castilla cada vez somos menos, más viejos y más pobres. Y encima padecemos un gobierno cuya existencia depende o no de que le voten Carod y Maragall. ¿Pues qué va a hacer el pobre Zapacero?
Porque quede claro que los dichosos papeles son ante todo un símbolo de la sumisión de una España a otra. Esos legajos que salen de Castilla no salen por justicia, sino por legalidad. Y la ley la hacen los legisladores con su opinión y su voto, que cambian cada vez que interesa adaptarse a la conveniencia o a los pactos. Porque son los pactos de Gobierno, las dependencias de un PSOE necesitado de votos, los que hacen que esa parte del archivo salga de Salamanca. Ésa, y no la salida en sí, es la ofensa. Ése es el daño. Podrá llegar el tiempo en que el Gobierno de España, del partido que sea, necesite los votos del PNV. ¿A cambio de qué? ¿Y qué pedirá CiU, pongamos, el día en que el PPSOE necesite de su apoyo? ¿Va a reivindicar menos impuestos para Palencia? ¿Que vengan más empresas a Villamuriel, que se construyan más autopistas en la montaña palentina?
No nos podemos quejar de lo que está pasando en política ni en economía. La culpa es nuestra, nos lo hemos ganado votando recalcitrantemente a quienes se ponen al servicio de otros. ¿Qué tal si un día nos organizamos y empezamos a reivindicar nuestra dignidad exigiendo por ejemplo que se investigue cómo salió nuestro patrimonio de nuestros pueblos y ciudades? ¿Qué tal si un día los castellanos nos inventamos un partido que responda a nuestros intereses (y a nuestros afectos, que no sea un calco de PNV o ERC) y que sea firme y exigente con el gobierno de todos? ¿Qué tal si un día Castilla exige a su Hija la deuda eterna de tanta sangre derramada en nombre de España, de tanto océano circundado en nombre de España, de tanto imperio conquistado en nombre de España, de tanta armada invencible derrotada en nombre de España, de tanto ciudadano exterminado, ahogado, expoliado y emigrado en nombre de España? ¿Qué tal si un día surge un partido que sin renuncia de su ser español reivindique los derechos que sólo arrancan quienes apechugan al Estado?
Juegan con nosotros unos y otros, a unos les servimos como granero de votos y a otros como excusa. Los ciudadanos de Castilla somos sumisos con el poder, cansinos en nuestra tozudez, entregados al poderoso, serviles y cabreados. Pero nuestro cabreo no toma cuerpo más que cuando nos atrincheramos en la barra del bar, fuera de ahí nos callamos, salvo quizá algún exabrupto cuando vemos el telediario.



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