Palencia es una emoción:

15 abril 2012

De la monarquía a los infiernos


Verán, si algo me molesta en la vida es sumarme a las corrientes de opinión dominantes, que parezca que me dejo llevar cómoda y relajadamente por la masa social, pertenecer irreflexivamente a la gran tontuna que presida en cada momento el devenir del mundo en el que vivo. Sin embargo empiezo a dejarme envolver por ese sentimiento de incomprensión hacia el actual descenso a los infiernos que parece haber emprendido la monarquía de Juan Carlos Primero.

No soy antimonárquico; no soy republicano… Ambos sistemas me parecen aceptables y suficientemente buenos, ambos tienen pros y contras. Los de la monarquía los vemos reiteradamente en los últimos meses, los de la república… los de la república… ¿por qué confiar en los políticos que nos han conducido hasta el pozo en el que estamos, por qué dar más poder y responsabilidad a políticos partidistas que nos han demostrado hasta la saciedad que son ciegos a las necesidades generales, que son incapaces, sectarios y con frecuencia corruptos? ¿Cómo poner España en sus manos si nos han demostrado sus infinitas torpezas y limitaciones?

No soy republicano. Todavía. Que el rey de España esté mostrando tanta insolvencia en sus asuntos personales, que al final son asuntos de todos nosotros, le iguala a la torpeza de los dirigentes partidistas. En la situación en que está su familia, desde la hija mayor al hijo menor pasando por el propio paterfamilias, con deslices continuos, pifias antológicas y resbalones y traspiés epopéyicos, se están equiparando a las más analfabetas familias de clase baja. Sólo nos falta descubrirles un día fans de Kiko Rivera, Belén Esteban o los Matamoros esos. O de Remedios Cervantes. El halo distintivo de la nobleza se desvanece.

No soy republicano. Todavía. Que en la catastrófica situación social, económica y política que atravesamos nuestro rey vaya de viaje privado a Botswana, gastándose miles de euros en matar elefantes (me permito suponer que elefantes seleccionados por enfermos, viejos o ecológicamente inservibles) es el peor ejemplo de dilapidación que podía ofrecernos la monarquía. Que en España haya más de cinco millones de parados, miles de familias sin ingresar un euro al mes, que andemos todos ahorrando y escatimando gastos mientras el rey de todos gasta caprichosamente una pequeña fortuna es un escándalo que acerca a Juan Carlos de Borbón a sus más torpes predecesores, acercando un paso más (y van….) la monarquía a su desaparición.

Se aproxima el tiempo de la sucesión monárquica, cuando Felipe VI deba sustituir a su padre al frente de la Jefatura del Estado. Será una época extremadamente delicada, en la que saldrán a la luz todos los trapos sucios, reales o ficticios, en que se ha visto envuelto el sistema monárquico en los últimos tiempos, serán días de escándalos y de grandes presiones por parte de quienes apuestan por la Tercera República. La pregunta es con qué apoyos contará el heredero entre los partidos, si éstos, alguno de ellos, no estará ya suficientemente harto y volverá por su tradición republicana, aprovechando la fragilidad del momento.

La pregunta es también si llegado el momento de cambio de régimen la Tercera República será una república de todos los españoles o sólo la de aquellos que la entiendan como “su” régimen, viendo en ella una manera de prolongar aquella que “paseaba” por las noches a sus detractores, aquella que quemaba iglesias y que sumió a España en una ingobernabilidad letal, ingobernabilidad que acabó en un golpe de Estado tan mal ejecutado que tardó tres años en completarse, dominando España durante cuarenta años a sangre y fuego. Y que por cierto, era una república personalista disfrazada de futura monarquía.

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