Palencia es una emoción:

30 agosto 2013

Fiesta en Castilla

Ha habido fiesta. Aún desprende vapor la carpa, aún se escuchan las últimas coplas. La cerveza de la tierra, que ahora Castilla hace cerveza, ha corrido generosa pero discretamente. En la plaza del ayuntamiento cuelgan banderas y gallardetes, en las cuerdas que la cruzan quedan despistadas, resistiéndose a irse, fusas y semifusas.

Como cada agosto han vuelto los que ayer se fueron, a la capital, a Bilbao, a Cataluña. Les han recibido los que se irán, a Alemania, a Brasil, y todos juntos se han reconocido hijos póstumos  del Cerrato. Todavía exhala calor la única pared que queda del señorial castillo, todavía por el pinar que baja hasta el pueblo se oyen ecos de abrazos y saludos, en los alféizares se escuchan todavía halagos y sorpresas, resuenan todavía las últimas palmadas, aún huele el último cohete. Trajes de fiesta y bermudas, tacones y playeras, escotes y boinas, el ayer y hoy se han mezclado en el teleclub -al que la destreza políticamente correcta llama centro social- y se han saludado, besado y aplaudido. Y despedido hasta el agosto que viene.

Apretadas casas forman prietas filas, estrechas calles a las que la dureza del sol castellano ha castigado hoy sin sombra, callejones sin nombre en un enjambre urbano crecido sin planificar, al capricho de las necesidades, al azar de las cosechas. Ha caído la tarde pero aún el pueblo espira las llamas que se han derramado todo el día sobre él, hierve el asfalto, se resquebrajan los tejados, se espesa el aire. Al otro lado, enhiestos los chopos aspiran del arroyo el frescor que todavía no ha llegado, anhelando que corran las horas, animando con ramas y hojas el impulso del viento, espiando el incipiente camino de la luna.

Sin embargo hoy se equivocan, hoy el frescor viene del monte. Ha cambiado el viento y la brisa se deja caer desde más arriba del castillo, se cuela por sus ruinas, pasea por el bosquecillo persiguiéndose la cola y ladera abajo inunda el pueblo de perfume de pino. Se agitan las banderitas y respiran tapiales y portones, se forma un remolino que encrespa una falda descuidada. Llega la noche y se acaba la fiesta, las calles se vacían y se aposta la calma; la despedida es sólo hasta el año que viene.

Dentro de un año abrazos y parabienes inundarán de nuevo las calles mezclándose con pasodobles y jotas y volverá a correr la cerveza artesana, que Castilla no sólo hace gran vino, que cada vez los reencuentros son más celebrados.

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