Palencia es una emoción:

23 septiembre 2013

Sólo soy un burgués que se avergüenza de los suyos

A ningún político británico se le habría jamás ocurrido dividir a Inglaterra para contentar a escoceses o galeses. Ni para satisfacer a los barones de su propio partido. En España un señor de Cebreros dividió a Castilla, separando a Rioja o Cantabria de sus orígenes castellanos. Con ello contentó a los señoritos de su extinta UCD y favoreciendo la debilidad de Castilla favoreció la de España. ¡Ferpecto!

Castillo de Ampudia, Palencia
No soy ningún radical, tampoco soy rojo, republicano, facha, separatista ni gente de mal vivir. Vivo de mi trabajo, mal remunerado por un sueldo permanentemente menguante. Simplemente soy un burgués de clase media-media que contempla asombrado como los dirigentes políticos, del rey hacia abajo, están acabando con su patria. Con sus dos patrias, Castilla y su hija, España. Un burgués que contempla asombrado como en cualquier país hablar de patria, de nación, de sentimiento nacional, está bien visto excepto en España, donde si piensas así pasas inmediatamente a ser un retrógrado, un franquista cavernario.

A ningún político británico se le habría jamás ocurrido dividir a Inglaterra para contentar a escoceses o galeses. Ni para contentar a los barones de su propio partido. Sin embargo España dividió a Castilla, separando a Madrid (¿Qué es Madrid si no es Castilla?), inventando una región nueva (¿Alguien había oído antes de aquel momento hablar de Castilla-La Mancha?) para satisfacción de unos pocos y destrucción de la madre que parió a España.

Soy un burgués de clase media que no entiende que los políticos de izquierda tengan tan poco claro el concepto de nación, y jueguen con él poniendo en riesgo la estabilidad social con tal de contentar al nacionalismo catalán o vasco. ¿En qué otro lugar que no sea España se puede hablar de una izquierda aliada con el nacionalismo? ¿Pero la esencia de la izquierda no es el internacionalismo proletario?

España es un país con tendencia al suicidio, de otra forma no se entiende que hayamos escogido con reiteración y deleite a politicastros que han hipotecado nuestro futuro, vendiéndonos a las multinacionales del dinero, como tan claramente ha dicho el papa en las últimas horas.

Soy un burgués de clase media que no entiende que la derecha española se llene la boca con conceptos como “España” mientras “habla en catalán en la intimidad” (por favor, entiendan esta frase en su contexto) cuando necesita unos cuantos votos para subir al poder. Soy un burgués de clase media que no entiende que la derecha en España se considere democristiana mientras roba y extorsiona, tiene queridas, se casa, se divorcia y aborta.


Pero a pesar de no ser radical empiezo a estar harto de España, de los políticos, de la monarquía y de los monárquicos, de la república y de los republicanos, de derecha y de izquierda. Empiezo a sentirme rechazado por un país que creía el mío y que ha sido destruido por una casta desvergonzada; me rechaza un sistema electoral que recoloca una y otra vez a los mismos parásitos, me rechazan unos ineptos políticos que me han empobrecido, que nos han endeudado y que han convertido una país, antes rico y próspero, en un lugar donde los jubilados no llegan a fin de mes, donde los parados se multiplican y donde morirse puede ser un alivio; rechazo un país  en cuya  desaparición colaboran gobierno, oposición y Jefatura del Estado; rechazo un país cuya primera medida para restaurar la democracia fue destrozar a su madre. Y desde hace cuarenta años permanece con los brazos cruzados contemplando sin despeinarse su propia destrucción. A ningún político británico se le habría jamás ocurrido dividir a Inglaterra para contentar a escoceses o galeses. Ni para satisfacer a los barones de su propio partido.

Sólo soy un burgués que rechaza un país que contempla absorto y aburrido las ofensas y desprecios de los catalanistas mientras Castilla pasa desapercibida, sin recibir atenciones, sin que nadie piense en ella, sin que sea, como fue, el centro equilibrado y democrático del poder.

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